Con una mueca que no llegó a ser sonrisa, se despidió. Sus ojos negros, redondos como luna llena, se ensombrecieron. Y en lo que pareció un destello de luz, aparecieron las lágrimas que rodaron nítidas, hermosas, sobre sus mejillas carnosas.
La observé con un torozón en la garganta y el ser entero invadido de ternura. “Es una niña grande”, pensé, mientras la observaba desde el dintel de la puerta, a unos escasos diez pasos de donde ella estaba.
Durante unos breves segundos la recordé de chavalita y a través de esos saltos misteriosos que el tiempo da en la mente, la vi convertida en mujer. Ahora, allí estaba frente a mí, limpiándose ligeramente en la falda el sudor de las manos, tratando de despedirse sin llantos ni emociones visibles, saliendo rumbo a un país extranjero que ya no le es extraño.
No sé cuándo la volveré a ver, ni dónde. Lo único que sé, de momento, es que los ojos de la Rosa, esa mañana, me calaron el alma.

