miércoles, 10 de agosto de 2011

Los ojos de la Rosa


Con una mueca que no llegó a ser sonrisa, se despidió. Sus ojos negros, redondos como luna llena, se ensombrecieron. Y en lo que pareció un destello de luz, aparecieron las lágrimas que rodaron nítidas, hermosas, sobre sus mejillas carnosas.

La observé con un torozón en la garganta y el ser entero invadido de ternura. “Es una niña grande”, pensé, mientras la observaba desde el dintel de la puerta, a unos escasos diez pasos de donde ella estaba.

Durante unos breves segundos la recordé de chavalita y a través de esos saltos misteriosos que el tiempo da en la mente, la vi convertida en mujer. Ahora, allí estaba frente a mí, limpiándose ligeramente en la falda el sudor de las manos, tratando de despedirse sin llantos ni emociones visibles, saliendo rumbo a un país extranjero que ya no le es extraño.

No sé cuándo la volveré a ver, ni dónde. Lo único que sé, de momento, es que los ojos de la Rosa, esa mañana, me calaron el alma.

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Managua, Nicaragua
Como todos en este mundo, tengo virtudes y defectos. Pero creo que lo más importante para mí, es saber ser amiga, de las que se quitan la camisa para dársela al que la necesita. Fiel a más no poder, sincera, y muy reservada. Amo la buena ortografía y me cuido de tenerla; periodista de profesión y de corazón, madre por decisión. Pero, ¿quién mejor que mis amigos para describirme? Así que esa tarea se la dejo a ellos.