domingo, 30 de noviembre de 2008

Disfrutando el momento


La imagen se agolpó en mi mente de manera tan repentina, que hasta sentí dolor físico. Ahí estaba yo, la noche del 28 de noviembre, sintiendo frío por los cambios climáticos, pero además debido a esa suerte de júbilo mezclado con nervios... y luego también recuerdos.

Sentada en el bloque izquierdo de la iglesia, yo sólo era parte de las varias decenas de madres y padres que esperaban que el maestro de ceremonias nombrara a cada graduando para subir a recibir el diploma de culminación de Primaria. Sin embargo, algo me hacía diferente a todos ellos a la vez que me unía, sin que ninguno lo supiera, a mis hermanos también presentes en ese salón.

Y es que, emocionada por ver a mi hijo subir un escaño más por las gradas de la vida, igualmente me invadió un sentimiento... ese no-sé-qué que te colma el alma... quizá porque desde la noche del 21 de marzo del año pasado, cuando acudí ahí por el velorio de mi madre, no había vuelto a pisar ese edificio.

Pero bueno. Tenía que dejar eso atrás... o para otro momento al menos. Así que limpié con delicadeza las lágrimas que brotaron (no quería acompañar a mi niño con el maquillaje hecho un desastre jeje), respiré profundo y me regocijé como nunca. ¡Estaba hecho!

Disfruté paso a paso la noche de Promoción, a mis hijos, a mis hermanos, a mi sobrino y cuñado, la cena posterior, el ambiente del restaurante. Reí a más no poder, boté el estrés de la semana, bromeé con mis hermanas, y más, mucho más.

Porque total, hace mucho comprendí que la Felicidad no es la meta, sino el camino para llegar a ésta. Nacimos para ser felices. Lograrlo de repente puede resultarnos sencillo si tenemos la actitud correcta: la sonrisa de un niño, una puesta de sol, una buena noticia,una charla deliciosa, los rayos del sol, momentos en familia...

Sólo debemos proponernos cada mañana, recibir lo que venga con la mejor de nuestras sonrisas, vivir cada detalle mientras andamos el camino y buscar dentro de nosotros mismos. ¿No creen?.

domingo, 23 de noviembre de 2008

A ellos


Les conocí de la forma menos esperada. Hasta un poco extraña diría yo. Incluso me he llegado a preguntar si, por cosas de la vida nos hubiéramos conocido ‘face to face’, todo habría sido igual. Pienso que no.
De hecho, creo que en esas circunstancias, estas dos personas a las que dedico este escrito hoy, y yo, nunca habríamos pasado de un frío hola, y eso que a duras penas. Pero, quiso la vida que nos topáramos en el camino. O más bien, en el Cybercamino.
Y, aunque me reservo sus Nicks –más aún sus nombres verdaderos-, para ellos estas líneas.

Para mi amigo ‘A’:
Recuerdo con perfecta claridad cuando me enviaste un privado. “Toc, toc, ¿se puede?”. Tratabas de volver sobre tus pasos y me dijiste que si llegaba a conocerte, comprobaría que tan malo no sos. Cierto.
Probablemente aún no te percatás de la influencia que has ejercido en mí, pero sí lo has hecho. “No puedo explicarte por qué existe gente mala en el mundo”, me dijiste recientemente. Pero lo más importante fue todo lo que escribiste después. Y te lo agradezco.
Me fortalecés no sólo porque venís de frente con la verdad, sino porque me invitás a descubrirme los ojos y así explorar dónde estoy parada, a la vez de abrir un poco mi cápsula para respirar el aire que me rodea. Lo cual es bueno.
Un día me aseguraste que tratarías de ayudarme desde tu trinchera. Quiero que sepás que lo has hecho, a través de los ratos en que simplemente estás, porque precisamente lo has hecho cuando lo necesito. También porque creo que en el fondo, de alguna manera, me has permitido conocer la parte dulce de ese corazoncito. Así que, gracias por leer, por estar, por preocuparte, por atenderme. Gracias por todo.

Para mi amigo ‘B’:
Pues con mi amigo anterior tengo muy claro el momento en que comenzamos a hablar. Pero con vos es diferente. Sí recuerdo cuando comenzaste a bromear con el asunto de mi país, al principio me resistía a aceptar lo que leía pero luego supuse que era puro vacilón y te seguí la corriente. Pero después vos creíste que yo hablaba en serio jajajaja.
A decir verdad no recuerdo exactamente cuándo comenzamos la rutina de aquellas largas charlas nocturnas, en las que de alguna manera mi insomnio se hizo llevadero. En las que reí a más no poder y en las que lloré como Magdalena, leyendo tus historias o contándote las mías.
El asunto es que me hizo bien. No sólo porque muchas veces me desahogué o me desestresé, sino porque con este ejercicio pude conocerme más a mí misma. Porque me brindaste la oportunidad de vivir viejos duelos y sanar heridas. Porque comprendí que no soy única en mi especie, ni voy sola por los atajos de la vida. También por tantos consejos y palabras de aliento… De corazón, gracias.

Rica bendición


Nunca antes, una bendición me había erizado la piel. Al menos, no en ese entonces. Ahora que lo pienso, lo más probable es que me impacté tanto debido a la sencillez y espontaneidad con que las palabras salieron de la boca de aquella dulce anciana.

Era una mañana cualquiera. Llegué a la parada de buses donde abordaría el de la ruta 119, la cual me dejaba justo frente al portón de la Universidad Centroamericana donde cursaba yo mi carrera de Periodismo.

El frescor de las 6:20 am e irrepetible en cualquier otra hora del día en un país como éste (donde tenemos clima tropical) me llenaba de energía y entusiasmo. Así que, cuando la anciana se me acercó, no pude menos que sonreírle y desearle un buen día.

“Mamita, qué ruta me lleva a…”. La señora no tuvo necesidad de contarme con exactitud su destino, pues ya me había enterado yo que andaba extraviada. Resulta que para ir donde ella necesitaba, debía abordar un bus que pasaba a un kilómetro de donde nos encontrábamos en ese momento.

Justo terminé de explicarle su situación, la ruta que debía seguir y los buses que tenía que abordar, cuando divisé la 119. “Venga”, le dije, “yo le digo cuándo tiene que bajarse”.

Tímidamente abrió sus arrugados y apretujados dedos, dando lugar a mis ojos para posarse sobre una sola moneda. Poseía sólo un córdoba (el equivalente actual a cinco centavos de dólar) y como debía trasbordar, necesitaba dos. Casi de manera automática metí la mano a la bolsa de mi pantalón y con la mejor de mis sonrisas puse otro 'peso' en su mano.

La anciana levantó lentamente esa mirada que sólo las almas puras pueden ofrecer. Y pronunció las palabras no sólo más significativas de mi jornada, sino las que aún retumban en mi mente con la fuerza del primer momento: “Dios te bendiga”. Y así ha sido señora. Téngalo por seguro: así ha sido.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Al perderte...


Al perderte yo a ti, tú y yo hemos perdido. Yo porque tú eras lo que yo más amaba y tú porque yo era el que te amaba más. Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo porque yo podré amar a otra como te amaba ti, pero a ti no te amarán como te amaba yo.

Autor: Ernesto Cardenal, poeta nicaragüense.

martes, 4 de noviembre de 2008

Con mini, ¿yo?


La sensación era extraña. Tímida y pudorosa, nunca había hecho lo que –si no todas, la mayoría- mis compañeras universitarias miraban como lo más normal del mundo. Así que ese día me armé de valor, la saqué del rincón donde estaba más que guardada, escondida. Respiré profundo y la usé.

Me sentía casi desnuda. Me parecía que de alguna manera, el viento se las ingeniaba para pasar sólo por entre mis piernas. Y que todos los ojos, de varones y mujeres, niños y adultos se posaban sobre mis muslos descubiertos. Eso es lo que me parecía, claro, porque que la pura verdad es que yo sólo era una joven más vistiendo minifalda.

Era de tela gruesa –como la de los blue jeans-, color crema claro, con costuras superpuestas cosidas en un tono ligeramente más oscuro. Podría decirse que no era ‘nada del otro mundo’ y la única diferencia con el resto de faldas que había usado hasta ese día, es que ésta llegaba a la mitad de mis muslos.

Sinceramente todavía no comprendo qué demoníaco poder de convencimiento ejerció la Xiomara en mí, el asunto es que su mandato, sencillo y directo, me caló. “Medítela”, me dijo.

“¡Iiiiihhh!”. Dejó escapar ese sonido característico que los nicaragüenses emitimos cuando estamos sorprendidos. “Ya quisiera yo tener piernas gruesas…. Y esas pantorrillas…¡Comprátela hombre!”.

Y ahí estaba yo en la caja, entregando mi dinero a cambio de una minifalda que estaba segura nunca me pondría. Así que, una vez más la Xiomara hizo su labor. Cada mañana, al encontrarnos en el salón de clases me saludaba con un “Ideay, yo pensé que hoy te la ibas a poner”.

Debo confesar que con el paso del tiempo me acostumbré a usarla. Peor aún, comencé a degustar las mieles del poder que ejerce una minifalda y, consciente del efecto que surtía, la vestía de manera estratégica (como por ejemplo cuando quería pedirle algo a mi novio).

Y aunque aprendí a montar la moto de GU (mi mama casi muere de infarto cuando me vio), a subir las gradas del autobús con cierto arte para no mostrar todo al que venía atrás, y otras mañas que se requieren para vivir con la conciencia tranquila cuando toda una vida usaste faldas ligraramente arriba del ojo del pie, la verdad es que no compré otras faldas tan cortas.

Supongo que pudo más lo tradicional de mi formación. Pero eso sí, al menos desapareció esa sensación de que el viento se me paseaba por todos lados.

*Nota: Foto de H. Cartier-Bresson

Datos personales

Mi foto
Managua, Nicaragua
Como todos en este mundo, tengo virtudes y defectos. Pero creo que lo más importante para mí, es saber ser amiga, de las que se quitan la camisa para dársela al que la necesita. Fiel a más no poder, sincera, y muy reservada. Amo la buena ortografía y me cuido de tenerla; periodista de profesión y de corazón, madre por decisión. Pero, ¿quién mejor que mis amigos para describirme? Así que esa tarea se la dejo a ellos.