miércoles, 30 de diciembre de 2009

Sobre el bien y el mal



“Por encima del bien y del mal”, pensé. Pequeña y erguida, igual que cada mañana, ahí estaba la paloma que suele posarse en el cable que suministra energía eléctrica a mi casa.

Acostada boca arriba, tratando de sentirme cómoda antes de tomar la foto, me quedé absorta por unos instantes. No podía alejar mi mirada de aquella diminuta figura que por segundos se quedaba inmóvil, para luego –con un aire de realeza pero a la vez sencillo- mirar hacia el horizonte… ora a la derecha, ora a la izquierda. Ora hacia abajo.

Indiscutiblemente, me proyectaba una imagen envidiablemente despreocupada, como cuando has tomado la sartén de tu vida por el mango. “Cuando sea grande, quiero ser como ella”, me dije con cierto toque de humor.

Porque a decir verdad, de repente me encantaría ir por la vida con cierto desparpajo que a veces emana de las almas descomplicadas. Pero no puedo. No soy descomplicada. No puedo serlo si voy por ahí con las emociones a flor de piel, llorando hasta que mis ojos duelan, o riéndome hasta que mi interlocutor comience a sospechar –de manera infundada- que lo mío es burla.

Me resulta difícil todo eso. Y esto. Y aquello. La soledad. La compañía. Los intentos por comprender el mundo que me rodea a veces se queda en sólo eso, un intento. Y entonces, también me siento incomprendida.

No es fácil. No señor. Durante las últimas semanas he sido víctima de mí misma. Por creer que las personas son como yo. Por soñar con actitudes diáfanas, por esperar franqueza en las palabras y virtud en el corazón de quienes me rodean. Pero me doy cuenta que no es así y me golpeo las narices con la pura y dura realidad.

Y entonces en mi fuero interno envidio a la pequeña paloma que posa –casi altanera de tanta simpleza- sobre el cable, a la luz del amanecer, con un cielo inmenso pintado con los bellos colores del amanecer por techo; y la tierra a sus pies. Y quisiera, aunque sea por brevísimos segundos, estar al igual que ella, como levitando en medio del bien y encima del mal.

martes, 29 de diciembre de 2009

Hoy aprendí...

Como cuando un chavalo grande se acerca a uno pequeño para arrebatarle un caramelo. Así me dejé quitar, hoy, un poco de felicidad. ¿Poco, dije?... pues en realidad fue mucho. Permití que me hicieran un hueco justo en medio del pecho.

Lloró mi alma todo lo que no pudieron llorar mis ojos. ¿Vieron cómo se llega a adulto y se sigue aprendiendo? Sobre el dolor y la tristeza, sobre la pérdida de la ilusión, sobre recordar que no todas las personas somos iguales. Que las palabras... si bien es cierto que se las lleva el viento, pueden quedarse clavadas en el corazón

jueves, 26 de noviembre de 2009

Días de amar

El Dúo Guardabarranco está compuesto por los hermanos nicaragüenses Katia y Salvador Cardenal. Esta es una de mis preferidas, aunque no es la única... Sirva pues, como un humilde reconocimiento a estos cantautores nacionales y un llamado a la conciencia de todos para cuidar nuestro planeta.

Vienen ya dias de amar la casa que habitas,
Dias de amar la tierra vegetal, flor y animal;
Vienen ya rios con aguas sin envenenar
Agua que beben los que tienen sed igual que usted.

Vienen ya bosques pulmones de la gran ciudad,
Selvas que aroman en la oscuridad, noches de paz.


Coro:

Que hacia falta a la humanidad no es natural,
Que en el planeta tanto ande mal;
Que el hombre agreda al hombre,
Que el hombre agreda al animal, al vegetal.

Se oyen ya loras gritando a gran velocidad,
Niños jugando con felicidad, vuelvo a su edad;
Pasan ya cosas que alegran a la humanidad,
Aires que huelen como a navidad en igualdad.


Coro:

Que hacia falta a la humanidad no es natural,
Que en el planeta tanto ande mal;
Que el hombre agreda al hombre,
Que el hombre agreda al animal, al vegetal.

Vienen ya dias de amar el mundo que habitas,
Dias de amar la tierra vegetal, flor y animal.

Vienen ya dias de amar el mundo que habitas,
Dias de amar la tierra vegetal, flor y animal...

viernes, 6 de noviembre de 2009

Queda prohibido


Gracias Alexander, por recordarme este escrito justo en estos momentos...
(Este texto se ha atribuido falsamente a Pablo Neruda). El autor es Alfredo Cuervo Barrero, quien nació en Barakaldo (España), en 1980. Su lugar de infancia y juventud fue Portugalete y actualmente vive en Castro-Urdiales.


“QUEDA PROHIBIDO”, por Alfredo Cuervo Barrero

¿Qué es lo verdaderamente importante?,
busco en mi interior la respuesta,
y me es tan difícil de encontrar.

Falsas ideas invaden mi mente,
acostumbrada a enmascarar lo que no entiende,
aturdida en un mundo de irreales ilusiones,
donde la vanidad, el miedo, la riqueza,
la violencia, el odio, la indiferencia,
se convierten en adorados héroes,
¡no me extraña que exista tanta confusión,
tanta lejanía de todo, tanta desilusión!.

Me preguntas cómo se puede ser feliz,
cómo entre tanta mentira puede uno convivir,
cada cual es quien se tiene que responder,
aunque para mí, aquí, ahora y para siempre:

Queda prohibido llorar sin aprender,
levantarme un día sin saber qué hacer,
tener miedo a mis recuerdos,
sentirme sólo alguna vez.

Queda prohibido no sonreír a los problemas,
no luchar por lo que quiero,
abandonarlo todo por tener miedo,
no convertir en realidad mis sueños.

Queda prohibido no demostrarte mi amor,
hacer que pagues mis dudas y mi mal humor,
inventarme cosas que nunca ocurrieron,
recordarte sólo cuando no te tengo.

Queda prohibido dejar a mis amigos,
no intentar comprender lo que vivimos,
llamarles sólo cuando los necesito,
no ver que también nosotros somos distintos.

Queda prohibido no ser yo ante la gente,
fingir ante las personas que no me importan,
hacerme el gracioso con tal de que me recuerden,
olvidar a todos aquellos que me quieren.

Queda prohibido no hacer las cosas por mí mismo,
no creer en mi dios y hallar mi destino,
tener miedo a la vida y a sus castigos,
no vivir cada día como si fuera un último suspiro.

Queda prohibido echarte de menos sin alegrarme,
odiar los momentos que me hicieron quererte,
todo porque nuestros caminos han dejado de abrazarse,
olvidar nuestro pasado y pagarlo con nuestro presente.

Queda prohibido no intentar comprender a las personas,
pensar que sus vidas valen más que la mía,
no saber que cada uno tiene su camino y su dicha,
sentir que con su falta el mundo se termina.
Queda prohibido no crear mi historia,
dejar de dar las gracias a mi familia por mi vida,
no tener un momento para la gente que me necesita,
no comprender que lo que la vida nos da, también nos lo quita.

jueves, 15 de octubre de 2009

Ansiedad


Me siento ansiosa. Necesito irme a mi 'cueva', donde me siento segura. Donde puedo ser yo sin temor a las miradas escrutinadoras, los falsos sustos, los santos sin pasado y los perfectos.

Sólo quiero ser yo. Dejar que mi niña interior sonría al fin, mientras camina por verdes prados y anchas veredas bajo un cielo celeste y claro, sin atisbos de nubes negras.

Sólo quiero ser yo. La mujer adulta que toma las riendas de su vida. Que, rostro al viento, enfrenta las consecuencias de sus actos. Sin temor al pasado, sin temor al futuro.

Pero me siento asustada. Hoy, me sumo a mis amigos los pollitos que tiemblan por dentro y se sacuden por fuera. Porque de alguna manera tengo que vivir este momento. Y lo vivo así, mientras respiro profundo y busco las fuerzas para elegir.

De peras y ladridos


Mi primera reacción fue de enojo. Pero como ando tratando de alimentar mi mente con ideas sanas -entre terpias y libros, espero lograrlo-, medité sobre el asunto. Debo reconocer que aún estoy en el proceso de digestión, pero mi sentimiento al respecto cambió.

Si he de ser sincera, no sé si reírme o sentir pena. O si dar cabida a algún otro sentimiento. Pero el asunto no deja de tener su toque paradójico, y hasta cómico, diría yo:

Provengo de una familia materna que tiene muy arraigada la idea de que todos pueden opinar y hasta decirte qué hacer, por el simple hecho de tener un nexo familiar. Muy a su pesar, mi padre nos crió de otra manera. O por lo menos nunca cejó en el intento.

Por eso, en una de tantas, mi hermana explotó furibunda: "Mi tía X me preguntó que cuánto gano y que en qué gasto mi dinero... ¿ah, decime vos? Yo a mis 40 y tantos tengo que darle explicaciones pues... bueno en su mente loca. En todo están, llegamos a viejas y nunca nos dejaron en paz".

La retahíla, por supuesto, no se detuvo ahí. Las palabras salían de su boca cual madeja desovillada. Expuso cuanto recuerdo le vino a la mente de cómo las tías maternas han querido incidir en nuestras vidas, cómo -con sus preguntas casi siempre impertinentes- tratan de 'pedir cuentas' de cuánto hacemos, pensamos y sentimos.

Y en ese trajín saltó a la tía Y, quien por supuesto no tiene nada que envidiarle a la tía X. Una vez más, mi hermana puntualizó con pelos y señales las fastidiosas intromisiones de la pariente.

Yo la escuchaba muerta de risa. Ver su exaltación me causaba gracia. Quizá porque en algún momento del camino comprendí que el comportamiento de esta familia no cambiará sólo porque yo lo desee o porque me moleste. Así que decidí retirarme un poco, guardar silencio, no prestar oídos a los díceres y vivir mi vida en santa paz.

Pero recientemente sucedió algo que le dio un giro al asunto. Mi hermana, sí, esa, la furibunda, la que no acepta que se inmiscuyan en su vida, la que rechaza todo tipo de comentario/pregunta, la que manda a todos 'a ver si ya parió la chancha'... hizo exactamente lo mismo conmigo.

Por si quedó alguna duda... Sí, hizo eso: inmiscuirse en mi vida, comentar sobre cómo manejo mi tiempo con ese toque sarcástico que sólo mi madre podía superar. Y que, pooooooooor supuestooooooo, llevaba implícica la más acérrima de las críticas.

Yo al igual que ella, concibo inadmisible la intromisión. Sólo que reaccionamos de manera diferente. Durante muchos años yo acepté en silencio sus palabras mordaces y el día que me atreví a alzar la voz hubo una resquebrajadura en nuestra relación que nada ha podido enmendar. Ninguna habla al respecto, pero ambas sabemos que ahí dentro de nosotras algo se rompió.

Después de ese incidente (muy fuerte, por cierto) volví a guardar silencio. De vez en cuando me atreví a imitar a un perrillo que muestra los colmillos cuando se siente amenazado. Pero nada más.

¿Por qué la diferencia hoy, entonces? Sinceramente, no lo sé. Tal vez sea porque me harté, o tal vez no. Sea cual fuere la causa, la decisión es la misma: comprendo que mi hermana sufre de codependencia y juega su papel de controladora. Por lo tanto, si no hago lo que ella dice tal como ella lo desea, se enojará. Pues qué pena, ¿no?

Inicialemnte pensé en el famoso refrán: Quien habla de las peras, comerlas quiere. Pero ahora voy más allá. Hoy repito la reconocida frase: Si los perros ladran, es señal de que avanzamos...

miércoles, 14 de octubre de 2009

Nuevos rumbos


Yo quiero viajar lo más lejos posible
Quiero alcanzar la alegría que hay en mi alma,
Y cambiar las limitaciones que conozco
Y sentir cómo crecen mi espíritu y mi mente.

Yo quiero vivir, existir, 'ser',
Y oír las verdades que hay dentro de mí.


Tomé este poema del libro "Tus zonas erróneas", el cual leí hace más de 15 años. Hoy inicié su relectura. Es una verdadera maravilla. Gracias hermano, por regalarme esta joya.

martes, 13 de octubre de 2009

domingo, 11 de octubre de 2009

Siempre adelante...


En vista de mi estado emocional en estos momentos, las letras de Almafuerte me parecen idóneas para compartir...


Avanti...
¡Avanti! Si te postran diez veces, te levantas otras diez, otras cien, otras quinientas: no han de ser tus caídas tan violentas ni tampoco, por la ley, han de ser tantas.

Con el hambre genial con que las plantas asimilan el humus avarientas, deglutiendo el rencor de las afrentas se formaron los santos y las santas.

Obcecación asnal, para ser fuerte, nada más necesita la criatura, en cualquier infeliz se me figura que se mellan los garfios de la suerte . . .

¡Todos los incurables tienen cura cinco minutos antes de su muerte!


¡Piú avanti!
No te des por vencido, ni aún vencido, no te sientas esclavo, ni aún esclavo; trémulo de pavor, piénsate bravo, acomete feroz, ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo; no la cobarde estupidez del pavo que amaina su plumaje al primer ruido.

Procede como Dios que nunca llora; como Lucifer, que nunca reza; como el robledal, cuya grandeza necesita del agua y no la implora...

¡Que muerda y vocifere vengadora, a rodando en el polvo, tu cabeza! ¡Molto Piú Avanti! Los que viertan sus lágrimas amantes sobre las penas que no son sus penas; los que olvidan el son de sus cadenas para limar las de los otros antes; los que van por el mundo delirantes repartiendo su amor a manos llenas, caen, bajo el peso de sus obras buenas, sucios, enfermos, trágicos, sobrantes.

¡Ah! Nunca quieras remediar entuertos; nunca sigas impulsos compasivos; ten los garfios del Odio siempre activos los ojos del juez siempre despiertos . . .

y al echarte en la caja de los muertos, ¡menosprecia los llantos de los vivos!


¡Molto piu Avanti ancora!
El mundo miserable es un estrado
donde todo es estólido y fingido,
donde cada anfitrión guarda escondido
su verdadero ser, tras el tocado.

No digas tu verdad ni al más amado,
no demuestres temor ni al más temido,
no creas que jamás te hayan querido
por más besos de amor que te hayan dado.

Mira como la nieve se deslíe
sin que apostrofe al sol su labio yerto,
cómo ansíaa las nubes el desierto
sin que a ninguno su ansiedad confíe...

¡Trema como el infierno, pero ríe!
¡Vive la vida plena, pero muerto!

Bomba emocional


Hoy me cayó la moneda. Caí en la cuenta. Fue como si me quitaran una venda de los ojos para que pudiera entender todo muy claramente y dimensionar lo intenso de la situación. Lo que vi no me gustó para nada. Mucho menos, lo que sentí.

Porque en ese momento, con una sincronización que espanta, mientras 'vi' lo que había hecho sentí el peso de la responsabilidad que implica. Gotas de susto y remordimiento hicieron una escisión en el núcleo de mis emociones, provocando una reacción en cadena que levantó sobre mí un hongo de espanto similar al que se levantó sobre Hiroshima, aquel funesto 6 de agosto.

Aún desconozco los alcances de la radiación, pero sé que no me vienen horas en lecho de rosas. Reconocer que se tiene un problema de comportamiento no es cosa fácil, pero mis días de negación llegaron a su fin y me topé cara a cara con la realidad. Dura y fría, como una lápida.

Pero a lo hecho, pecho. No puedo volver sobre mis pasos. No puedo borrar el pasado de un manotazo, no puedo negarlo, ni ignorarlo. Sólo puedo seguir adelante. Asumir las consecuencias como la adulta que soy... y encomendarme al Señor.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Duros golpes


Es de madrugada y todos duermen. El silencio que me envuelve se asemeja a una inmensa cobija de seda que se adhiere a mi piel tan suavemente, que es casi imperceptible. El momento me resulta propicio para reflexionar.

Recién finalizo de ver un programa en la tele. Es esa serie en la que el equipo de producción elige a una familia para construirle una nueva casa. Y, de alguna manera, darle una nueva vida…. O al menos ayudarle en el camino que lleva a obtener una.

Esta vez le tocó el turno a una mujer negra, de 45 años, madre de 8 hijos. Golpeada a más no poder por el esposo abusivo. Cuando los puños no se detuvieron ni siquiera ante la mirada de los niños, ella decidió que era hora de enfrentar sus demonios (y casi que literalmente, al demonio), así que se armó de valor y buscó el momento propicio para huir en busca de un buen futuro para sus vástagos.

Mientras un par de lágrimas rodaron por mis mejillas me puse a pensar. ¿Qué pasa cuando los golpes llegan en forma de palabras… Cuando los fonemas entran a rastras por tus oídos, pasan cortando tu corazón en mil pedazos y explotan en tu mente, convirtiéndose en infinitos charneles que se quedan ahí clavados para el resto de tus días?

Porque cuando te repiten una y otra vez que sos inútil, tonta, fea, fracasada, que no serás feliz, que no te casarás, que nunca podrás hacer nada bueno en tu vida, terminás creyéndotelo. Y actuás en función de eso. Y al final del camino, esa es tu verdad. Y no necesariamente te las dijo un esposo, sino que las venís oyendo desde que estás chiquita.

Pero eso no se ve. Al menos no es algo tangible, no es algo que los demás puedan notar a simple vista aunque vos, cada día que te ves al espejo, te leés en la frente la sarta de etiquetas que con o sin querer, te han pegado. Y las llevás –de manera invisible, pero igualmente las llevás- emulando los ‘stickers’ de rodamiento que cada año debés pegar en el vidrio de tu carro para que todos vean que has pagado tus impuestos.

En esas circunstancias, es difícil huir. Porque los demonios se van con vos. Peor aún: van dentro de vos. Y si no me creen, pregúntenle a mi amiga, esta mujer que ahora es madre soltera, nunca ejerció su carrera y muy a sus 40 años aún vive con su madre, soportando todo tipo de vejámenes. Su madre, dicho sea de paso, la amenaza con morirse –y por supuesto, la culpa de tan desdichado fin- si mi amiga no le obedece ‘al pie de la letra’.

Y mientras escribo, en mi mente desfilan más rostros que pies sobre una pasarela en noche de espectáculo. Porque, cual Scherezada, conozco mil y una historias sobre este tipo de abuso. Anécdotas que se mantuvieron guardadas en el corazón bajo siete llaves y que se manifiestan en cada paso errático que se da por la vida… sí, esos que los demás juzgan sin conocimiento de causa y sin compasión.

Pero que de pronto -con un poco de suerte- salen a luz, pues ‘cosas veredes, Sancho amigo’. Es decir, contra todo pronóstico, un buen día esa niña que llevamos dentro decide llorar de una vez por todas, y ya no puede parar. Y se te secan los ojos. Y se te seca el alma. Y aún así, la niña sigue llorando.

La buena noticia es que cuando eso pasa, ángeles se forman a tu alrededor creando un cerco, una valla, un sostén. Esos ángeles ahora se llaman amigos, ora sicólogo, ora esposo, ora almas desconocidas que de repente, sin ton ni son, te dicen una frase que te toca en lo más profundo y marca la pauta para un cambio. Te dan un respiro. Te regalan una esperanza. Te devuelven las ganas de vivir y la sonrisa.

Así comienza a disiparse la nube negra. Y es cuando, como dice la Ale Guzmán en su canción, abrís la ventana para que entre el sol. Ahí es cuando hacés un alto en el camino, guardás un minuto de silencio, cambiás de rumbo y en forma de oración silenciosa aflora el más profundo de tus miedos (de los nuevos miedos): Padre Nuestro, ayudame a romper el ciclo para no repetir la historia con mis hijos...

viernes, 25 de septiembre de 2009

Petición matutina


Las palabras de aquel señor de 62 años, sencillamente me agarraron ‘fuera de base’. No sólo porque no era lo que una muchacha de 16 años esperaba escuchar a las 6:30 de la mañana, sino también porque a esa edad, mi mente más bien se transportaba a los escenarios recreados en mi imaginación mientras leía a autores como Shakespeare.
La idea de tener un novio coetáneo estaba tan lejano como la posibilidad de que yo fuera astronauta. Por lo tanto, la idea de tener un novio de la edad de mi abuelo (y encima, al poco tiempo tener que casarme con él), sencillamente me dejó sin habla por varios segundos.
Aprendí del ejemplo de mis padres el servicio desinteresado hacia los demás. Enseñanza que desde mis 13, había sido reforzada por el sistema educativo jesuita en el que estaba inserta. Así que, cuando el gobierno anunció la realización de una mini-cruzada de alfabetización que duraría el período vacacional entre un año escolar y otro, no la pensé dos veces antes de inscribirme.
Y ahí estaba yo, en el Valle de Olominapa, a unos 45 minutos de camino –a pie- del caserío Mesa de la Flor, donde yo usualmente alfabetizaba a un pequeño grupo de campesinos jóvenes adultos. Ese fin de semana, yo me encontraba en la casa de mi maestra supervisora, donde a veces llegaba a dormir.
Nunca sabré qué expresión puse cuando el hombre que tenía enfrente me pidió matrimonio. Pero recuerdo que al escuchar tan inusitada propuesta, quedé viendo al pretendiente, le sonreí y luego de un momentito musité: ‘espéreme un momentito’.
Puesto que yo había suspendido el momento de desayuno con mis anfitriones cuando el anciano me llegó a buscar, al momento de poner un pie dentro de la casa, todos los rostros se giraron hacia mí. La pregunta de mi maestra no se hizo esperar: “¿qué te pasó? – me dijo- venís blanca como un papel”.
Tímida como era, no quería que el resto de comensales escuchara mi respuesta. Me acerqué lo más que pude a la 'profe' y musité: “venga a ver por favor”. Ni corta, ni perezosa, mi supervisora abandonó la mesa y me siguió. Creo que más curiosa que preocupada, preguntó qué pasaba ahí y sólo atiné a comentarle que el señor ahí presente (curiosamente mi memoria se encargó de borrar su nombre) me había propuesto matrimonio, porque el sujeto en cuestión me interrumpió.
(Creo que vale la pena el paréntesis: efectivamente, nuestro interlocutor del momento había quedado viudo hacía un par de años, pero desde entonces no había mostrado intención de volver a casarse. Y siendo el finquero más adinerado de la zona, varias mujeres habían querido atraparlo infructuosamente).
“Quiero casarme con la Nitos. Va a ser la Princesa de mi casa, es linda y quiero que sea mi esposa. Usté sabe que yo ya soy viudo, me siento solo en esa casona… pero si mi muchachita se casa conmigo todo va a cambiar. La voy a andar así chineada (es decir, cargada en brazos), para que ni siquiera se me tropiece, la voy a cuidar, voy a poner a su nombre mi casa, mi finca, mis vacas, todos mis animales y propiedades. Le voy a dar todo lo que ella quiera, puede seguir estudiando si quiere…. Podemos ir a casarnos a Managua o que sus papás vengan aquí, como ella mande….”
El señor parecía haberse tragado un tanque entero de oxígeno, pues no cesaba su retahíla ni siquiera para dar un respiro. Yo, cabizbaja, escuchaba nuevamente todo lo que me habían ofrecido a solas. La profesora, no sé si por estrategia, por asombro o porque oraba en silencio suplicando por sabiduría, escuchaba sin interrumpir y de tanto en tanto, me volvía a ver.
Por mi parte, le echaba la culpa al short que vestía. “Yo sabía que no debía salir en short”, me decía, ávida por echarle la culpa a cualquier persona, ente o cosa que encontrara a la vista, por aquella situación tan incómoda.
Aunque ahora, en mi defensa diré que aquella pantaloneta color crema, no era corta ni mucho menos. Cubría la mitad de mis piernas, que si bien es cierto siempre fueron gruesas, no mostraban más de lo debido. En resumen: me siento con la conciencia tranquila pues sé que no caí en la procacidad.
Mis atontados pensamientos se interrumpieron cuando ¡por fin! escuché a la 'profe' hablar: “vea don Juan (de alguna manera le tendré que llamar), fíjese que yo soy la tutora de la Nitos en este momento, y le agradezco mucho su interés en ella y su seriedad, porque se nota que sus intenciones son serias. Pero fíjese que ella en este momento no piensa casarse, en Managua las jovencitas de su edad se dedican a los estudios, ella ni novio ha tenido… me da mucha pena tener que decirle que no. Tal vez más adelante, cuando ella esté mayor, usted la busca si es que aún desea casarse con ella”…
El discurso de mi benefactora fue atajado categóricamente por el “uhhhhh” de don Juan, quien ahí mismo expresó con cierto dejo de tristeza: si la Nitos se va de aquí, ¿cuándo la saco de Managua? Ya no va a querer volver.
La maestra me volvió a ver unos segundos, para luego responder: “bueno don Juan, entonces le sugiero que se busque a otra esposa por estos lados, alguien que le quede más cerca. Le sonrió, agradeció la visita y me empujó suavemente hacia adentro. “Terminemos de desayunar”, me dijo mientras se sentaba al comedor. Pero, ¿saben qué? yo había perdido el apetito.
Al cabo de un par de semanas, estando yo en el pozo de esa misma localidad, los lugareños se fueron desgranando poco a poco cargados con su agua. No acostumbrada a sacar agua de pozo, había decidido quedarme de última… primero y sobre todas las cosas, para que no me vieran haciendo el ridículo; segundo, porque no quería retrasar a nadie pues yo me tardaba por lo menos cinco veces más de tiempo, en halar un triste balde de agua.
Me percaté que no estaba sola –como yo pensaba- cuando la voz gruesa de don Carlos se ofreció a ayudarme. “Preste maestrita, yo le voy a halar el agua, sus manitos no están acostumbradas a las labores del campo”.
Una corriente eléctrica recorrió mi cuerpo, lo que me pareció un mal presagio. Y no me equivoqué. Acto seguido, “el campisto” me dijo que me había estado observando todo este tiempo…. Que él al igual que Juan (oh sorpresa, eran hermanos) había quedado viudo, y que nada le sería más grato que encontrarse una esposa como yo. Que él no poseía tantas propiedades ni tanto dinero como don Juan, pero que sí tenía “unas cuantas vaquitas pastando por ahí”.
Al principio pensé que este señor de 60 años me estaba vacilando, pero prontito salí de mi error. ¡¡Hablaba en serio!! Es más, muy en serio. Así que le brindé la mejor de mis sonrisas, le agradecí profundamente por ‘tomarme en cuenta’ y le dije suavemente pero con la mayor firmeza que mi vocecita de Chilly Willie podía permitirme: ay don Carlos, yo no quiero casarme ahorita. Agradecí una vez más, esta vez por el balde de agua, y me fui.
Nunca comenté a nadie sobre este asunto, pero eso sí, no volví a poner los pies en Olominapa. Al menos no por voluntad propia.

(Nota de la autora: Debo confesar que ésa fue la primera vez que me pidieron matrimonio, nada usual, creo...)

Aaaaaatención: ¡Firmes!


La mañana de hoy tuve que ir al Hospital Militar, a cuya clínica previsional me encuentro afiliada por medio del seguro social a que tenemos derecho los trabajadores asalariados.
Y no pude menos que sonreír por lo bajo cuando vi a un desgarbado soldado raso que, destinado a cuidar el estacionamiento, repentinamente adoptó la clásica posición militar de firme, con la mano derecha muy recta, tocando su frente. Mis ojos buscaron la fuente de su rigidez y se toparon a un doctor con cierto rango, que más por costumbre que por otra cosa, espetó en voz baja un ‘descanse’.
No detuve mi paso, y al pasar junto al muchacho en cuestión, preferí bajar la cabeza tratando de ocultar mi amplia sonrisa. No fuera a creer que me estaba burlando, porque en realidad no era así.
Mi sonrisa se debía a que en el preciso momento en que lo vi ponerse en posición de firme, mi mente se remontó a mis 18 años, cuando –por motivos que no vienen al caso ahora- me enlisté en el Servicio Militar Patriótico para mujeres.
La primera etapa estaba destinada, como debe ser, a la preparación militar. Por lo que más de cien mujeres fuimos trasladadas a un Centro de Entrenamiento Militar (CEM), ubicado al norte de la capital.
Me nombraron jefe de escuadra, por lo que tenía bajo mi mando a un pequeño grupo de mujeres. Incluso, a la hora de hacer guardia y recibir asignaciones, se me incluía en el grupo de ‘jefes’. No obstante, yo seguía siendo una más del montón, así que debía saludar militarmente a cuanto instructor me topara en el camino, que ostentara grado de subteniente o más.
Pero siempre me las ingenié para evitarlo. O bueno, casi siempre. La masiva asistencia a clase en los polígonos y espacios abiertos, de repente incidían para que la cortesía militar fuera menos rígida (si es que uno lograba escabullirse entre el grupo). Sin embargo, al director del CEM había que saludarlo sí o sí.
Por eso yo, en vez de seguir el camino que pasaba frente a su oficina, para ir a nuestras covachas (dormitorios), caminaba dos o tres veces más, para bordear el pequeño edificio y así asegurarme de no topármelo.
La suerte me asistió en el 99% de los casos. Una tarde, calculando que el gran jefe no estaría por su oficina, decidí seguir el camino. De pronto lo vi desembocar y girar para devolverme sería demasiado obvio, así que me vi obligada a continuar mi camino mientras me repetía mentalmente “tenés que saludarlo, tenés que saludarlo, tenés que saludarlo….”. Y lo saludé.
Disminuí el ritmo de mis pasos, y aunque no me detuve, debí taconear mientras chocaba los talones y me llevaba la mano a la frente. El director me devolvió el saludo y me mandó a descansar, por lo que aproveché para incrementar nuevamente el ritmo de mis pasos.
Me sentí tan ridícula, que nunca más me dejé ‘pescar’ nuevamente. Eso, al menos estuve en el CEM, ya en la unidad de artillería antiaérea de mujeres a la cual pertenecía, fue otra cosa. Y esa, señores, es otra historia.

Soy Mamacita, ¡a mucha honra!

Los niños son bonitos, cuando son hijos de otros. Durante 27 años, ese fue mi lema. O sea, hasta el día en que me tocó parir. Siempre pensé, ¿Yo, mamá? Naaaaa. Es que, encima de que recién nacidos son feos (porque todos los tiernos parecen ratones, no me digan que no), mucho friegan. A medida que crecen se evidencia que traen incluidas unas baterías eternas, qué demonio de Tazmania ni qué nada.

Eso no es todo. Justo cuando los estás chineando (cargando en brazos) se les ocurre mear y ... ya saben qué. Ah, o si no, vomitar. Y se sientan. Y se paran. Y se vuelven a sentar. Y se vuelven a parar. O hacen el mismísimo gesto cuatrocientas mil veces. Pero como la mamá está a la par tuya, te toca reír a carcajadas la misma cantidad de veces como si te estuvieras muriendo a punta de diversión.

No, qué va. Por eso siempre pensé que no sería madre. La verdad es que -por dicha- nunca me atreví a apostar mi cabeza ni nada parecido, pero estaba casi segura de que no tendría hijos. "No tengo paciencia para eso", argumentaba. Y encima limpiar caca, limpiar vómitos, levantarte a dar de comer cada tres horas. Paso.

Pero dije "casi segura"... ¿se fijaron?. Así que en ese casi es que salí embarazada de mi primer hijo. Y mi vida dio un giro de 180 grados y quedé viendo hacia donde antes daba la espalda. Claro, lo primero que me dio cuando me entregaron el resultado del examen de sangre fue susto. Ups, voy a ser mamá, ¿y ahora qué?

Porque hasta donde sé, los cipotes no vienen con un manual bajo el brazo. Púchica. Pero también sentís emoción. Chocho, un niño. ¿Cómo irá a ser? ¿Pelo liso como yo, o crespo como su papá? ¿Mujercita? ¿Varoncito? ¡Ihhhh! ¿Y si nace enfermo? Ay Señor, ojalá que no. Y entonces te invade el temor.

Ah, pero cuando te da la primera patada, cuando te hace recordar que una vida crece en tu vientre, eso no tiene precio, aunque para lo demás exista Master Card. Y eso es tan sólo el comienzo. Escuchar los latidos del corazón, verlos chupándose el dedo por medio del ultrasonido. Sentir que se da volantines cuando le cantás.

Poner un dedo para que lo sujete con sus deditos. Sentir su cuerpecito frágil. Acompañarlo durante su etapa de crecimiento y estar presente cuando pronuncia su primera palabra (no importa si dice "papa" cuando sos vos la que te matás cuidándolo). En fin.

Esto de ser mamacita es cosa del otro mundo. Nadie dijo que sería fácil. De hecho, la carga emocional, la responsabilidad, el crecer ‘a penca’ (tal como le dije recientemente a una amiga: con este embarazo te tocó convertirte en adulta, ni modo), los miedos, los no-sé-qué-hacer porque se metió un objeto en la nariz mientras corrés muerta de susto hacia la casa vecina o llamás por teléfono a tu progenitora (que, claro, luego de criar a seis hijos, ver crecer a 13 sobrinos y 8 nietos previos al tuyo, está más que curada), no son ni la mitad de lo todo lo que encierra traer un hijo al mundo.

Ciertamente, como lo expresó Quino por medio de su magistral personaje Mafalda, quien le dijo a Raquel, su madre que ambas se graduaron el mismo día. Esto, en clara alusión al día de su nacimiento. Pero a partir de ese momento comienza una nueva etapa (la anterior fue el embarazo, pese a los terribles achaques y antojos insatisfechos), llena de gozo y satisfacciones.

Las papillas que zampás jugando al avioncito, las sonrisas espontáneas, las preguntas (como la que me hizo mi hijo a los cuatro años: ¿por qué si la luna está en el cielo, no nos cae encima?) constantes y los interminables ‘por qué’, el primer día de clases, las primeras letras, el alcance de cada etapa. El crecimiento físico, emocional y espiritual…

No he recorrido ni la mitad de mi camino, y cuando vuelvo la vista atrás siento que apenas pasó un pestañazo. Pero, todos lo sabemos: ha sido mucho más que eso. Ha sido el andar por un camino desconocido, tomados de la mano. Sonriendo, llorando, enfrentando sustos, sobrellevando adversidades, cosechando satisfacciones, compartiendo, acercándonos, alejándonos, guardando silencio, hablando sobre todo…. O casi todo.

A veces deseo recoger mis maritates y abandonarlo todo. Me frustro, me entristezco, me canso. Pero luego del bajonazo viene la subida. Y retomo la senda, y vuelvo a disfrutar. Y reconozco las satisfacciones eternas que me producirá ser madre. Y me siento altamente bendecida, llena, feliz, complacida. Me gusta ser madre. Me gusta ser mujer.

Quienes han parido y conservado de buena gana a sus hijos, estoy segura, me darán la razón. Así que, un 'viva' para las Mamacitas, como yo.

martes, 8 de septiembre de 2009

Construyendo mi muro


Suspiro. Hago mis ejercicios de respiración. Nada. Permití que dos imprudencias cometidas por sendas pesonas me robaran la calma. Sé que no vale la pena, sé que no está bien, pero hecho está. Trato de concentrarme y no puedo.

La inquietud me invade. Siento enojo hacia estas personas y hacia mí misma. Aspiro, espiro una y otra vez. Lección aprendida. Tengo que practicar más el levantar camposo emocionales de protección para que no me afecten tanto las cosas que otros dicen/hacen. De pronto el cielo se oscureció y sentí que era una señal. ¿Han leído esa teoría de las señales que nos envía la vida? Pues hoy, le hago caso.

Veo dentro de mí misma, reflexiono un momento y concluyo que debo recuperar mi equilibrio. Así... Tiro al viento las malas vibras y sigo mi camino en paz.

jueves, 3 de septiembre de 2009


Al caminar sobre ese pasillo, estaba, sin darme cuenta, descorriendo un poco la cortina del tiempo. Cuando me percaté era demasiado tarde: estaba cara a cara con un atajo de recuerdos que se vinieron de golpe. Y me llené de nostalgia.

Quizá sea porque me di cuenta que lo vivido en ese recinto fue algo realmente especial. Ahí di mis segundos pasos en el camino de la vida (los primeros los di en el Ejército, pero esa es otra hitoria). También comenzó a salir a flote de qué madera estoy hecha. Eso, creo, fue lo mejor.

En ese momento no me percaté de lo que estaba viviendo, pero ¿quién sabe si ese 'despiste' no era parte de la magia del despertar ante la vida?

lunes, 31 de agosto de 2009

Prisionera



Llueve a cántaros y algunos de mis más profundos temores salen a flote. Un poco influenciados por la fantasía, otro poco por la realidad. Temo la caída de un rayo, la explosión de un transformador eléctrico, un cortocircuito fortuito… o cualquier otro evento que relacione agua y electricidad.

Trato de conservar la calma. Comienzo a llenar un crucigrama pero no me puedo concentrar, así que desisto para dedicarme a la tarea que más satisfacción me produce: escribir.

Un chisporroteo cerca de mi ventana me sobresalta. Mi corazón quiere saltar del pecho mientras le aseguro a mis hijos que todo está bien. Pues, ¿para qué estamos las madres si no es para hacer sentir a los niños que, pese a las circunstancias, todo estará bien?

No me gusta la lluvia. Si no fuera porque reconozco su valor en la producción de alimentos, diría que la detesto. Quizá sea porque cuando llueve, cual tierra suelta, se remueven los recuerdos. Tristes recuerdos. Y me siento aprisionada.

Mi espíritu no encuentra solaz en la cárcel de mi cuerpo, así como éste se siente aprisionado entre cuatro paredes. Porque mientras llueve a mares yo permanezco en cama, no me atrevo a asomar ni la nariz.

Me embarga la tristeza y mi cuerpo se encoge levemente. Lo detecto en la búsqueda inconsciente de la posición fetal.

Los pensamientos se agolpan en mi mente. Viajan a una velocidad extremadamente mayor al movimiento de mi mano y para cuando termino de escribir estas letras la lluvia ya ha cesado y mil pensamientos se perdieron en el limbo mental.

Así que, abandono mis reflexiones y vuelvo a tomar conciencia de mí misma y mi mundo circundante. Y me quedo cara a cara con este sentimiento que ya veré más luego, cómo disipar…

viernes, 28 de agosto de 2009

Mujer de la Tierra


No era la primera vez que las veía, pero sentí como si lo fuera. Ahí estaban imponentes, reposadas, dejando que el sol acariciara su silueta armoniosamente perfecta, simulando los hermosos pechos de una doncella embarazada.

Sí, realmente eso parecían. Esas dos montañas que se erigían de manera uniforme y captaron mi atención, estaban acompañadas de muchas otras, pero de una particularmente, cuya falda no bajaba hasta el seno de la Madre Tierra, sino que empalmaba con los pechos, emulando el vientre abultado y terso de una joven muchacha.

Y de pronto tomé conciencia: el color achocolatado de la tierra se parece al color moreno de la mujer nicaragüense, aunque ciertamente más oscuro… como el de la piel renegrida por el sol de tantas y tantas que trabajan arduamente como si no sintieran la inclemencia de los rayos solares. Pero es que son hembras bravas, fuertes, aguerridas. Enseñadas por una sociedad matriarcal y nacidas en medio de constantes luchas.

De pronto un torbellino de emociones inundó lo más profundo de mi alma. Y fue como si una gama de colores se tomaran de la mano con las diversas formas del paisaje para practicar una especie de danza de alabanzas al Señor.

El límpido azul del cielo se abría paso, casi a codazos, entre nubes grises propias de nuestra temporada de invierno y dejaba pasar una tenue luz que caía delicada sobre el verde pasto que cubría los cerros.

Los árboles con sus troncos y ramas aplicaban líneas tan diversas, tan firmes y dúctiles, tan torcidas y agraciadas, tan cercanas y distantes a la vez, que más que un paisaje real y tangible parecían una bella visión.

Ahí iba yo, rumbo a la ciudad de Matagalpa por asuntos de trabajo, teniendo la dicha de poder observar desde la ventanilla del vehículo en que viajaba. Respirando cálida y pausadamente. Apreciando el hecho de ser ‘parte de’. Tomando nota mental de la naturaleza circundante. Sintiéndome altamente bendecida por estar viva. Y sobre todo, agradecida por los toques maravillosos que la mano de un Padre Todopoderoso le dio a este mi hogar llamado Tierra.

Rebosante de amor hacia la naturaleza, me prometí hacer más de lo que hasta ese momento había hecho por cuidarla. No es suficiente no botar basura. No es suficiente no utilizar suavizante de ropa. No es suficiente marcar los desechos en ‘reciclable’ y ‘no reciclable’. También debo compartirlo con el mundo, alzar mi voz y repetirlo sin cansarme: somos responsables de entregar a nuestros hijos un mundo mejor del que recibimos. Cuidémoslo.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Graduada sin honores... ¡pero graduada!


Las reacciones físicas no se hicieron esperar. Ahí estaba yo con sudoración fría, taquicardia y una espantosa ansiedad. Pero en medio de todo, la satisfacción se abrió paso: esa tarde me estaba graduando como ciudadana que usa el transporte colectivo.

Si he de ser sincera, debo reconocer que no me gradué con honores. Eso pude constatarlo al ver la marea de gente que se aglomeraba en la bahía, esperando que el bus apenas se acercara para literalmente lanzarse hacia ambas puertas. Todavía no sé si la premura por subirse se debía a procurar un asiento, o a garantizarse un cupo dentro de aquella gran caja metálica que en segundos quedaría convertida en una lata de sardinas.

No llegué a esos niveles por supuesto. Pero el panorama era para mí, más que intimidante. La institución donde laboro queda justo frente al parque de zona franca más grande del país, el cual es una verdadera ciudadela.

Así las cosas, no es difícil imaginarse las oleadas de gente cruzando la calle –rumbo a la acera donde me encontraba yo- a toda prisa para abordar uno de los cuatro buses que se mantenían en hilera, mientras el cobrador repetía a gritos la ruta a seguir, antes de zarpar atestado, para ser inmediatamente repuesto por alguna otra unidad que llegaba.

Me sentí perdida. No sólo porque tenía 15 años de no abordar buses del sistema urbano de transporte colectivo, sino porque la única ruta que yo conocía (la encuesta que me llevó días levantar, indicaba que la ruta 266 era la indicada para salir de aquel hormiguero) no se detenía en la parada. Y entré en pánico.

Como es de suponer, al no ser usuaria constante de los buses, desconozco qué bus de me lleva dónde. Y hace tres meses que comencé en mi actual puesto de trabajo, me tocó indagar cómo llegar a mi oficina y luego regresar a mi casa en bus, puesto que pagar taxi ida y vuelta, fácilmente podría representar un 28% de mis ingresos mensuales, debido a la distancia por recorrer.

Así que mi miedo no era nada infundado. Mi mente viajó a velocidades insospechadas para obtener un claro panorama del asunto. ¿Qué pasaría si no abordaba esa ruta? No me atrevía a subirme en otra, no había taxis disponibles y aunque así fuera, recién regresaba de un viaje al norte del país donde había gastado todo mi efectivo.

Con mi vocecita de ‘yo no fui’ le pregunté a un muchacho que estaba junto a mí: ¿vos, por qué la 266 no se detiene?. Su respuesta me abrió los sentidos: “porque la gente se está subiendo en la acera de ‘la zona’ y como se llena, pasa de viaje”.

Me fui entonces, como pez nadando contra corriente. Mientras todos los trabajadores de la zona franca se cruzaban a la acera de mi institución, yo iba hacia la de ellos. Mi impericia peatonal me hizo detenerme en varias ocasiones, a fin de evitar que mis últimos minutos de vida se parecieran a los de un insecto que tontamente se deja ver por los humanos y fallece aplastado.

Finalmente logré cruzar los cuatro carriles y abordé el bus que, efectivamente iba lleno hasta el alma. “Pasen pasen pasen a ver señores disculpen la molestia y caminen hasta el fondo allá va la fila con la señorita de blusa blanca pásenle por favor la salida es atrás sigan la fila con el joven de gorra negra cooperemos por favor pásenle hasta el fondo…”

Ni la voz estridente del cobrador –que hasta la fecha no sé cómo hace para rezar semejante retahíla sin recargar sus pulmones de oxígeno- , ni el terrible calor, ni el roce de la masa de gente que pasaba “hasta el fondo”, ni ninguna otra molestia me quitaron lo bailado. ¡Había abordado exitosamente mi bus!

Así que, a partir de ayer… contando en mi haber la vivencia de un terremoto, el paso de huracanes, guerra civil, alistamiento en el Ejército, alfabetización rural, un accidente automovilístico, dos cesáreas, una extracción de vesícula… (entre un sinfín de cosas más) y mi abordaje de la ruta 266 junto a los trabajadores de la zona franca, creo que puedo decir con convicción, que estoy lista para cualquier cosa. He dicho.

domingo, 23 de agosto de 2009

En su cumple, papi...



"Nitos: no debés estar triste porque mi papa ya no está. Sinceramente creo que debés estar alegre porque vos, más que ningún otro hijo, lo disfrutó..." (Frase expresada por mi hermano).

A medida que la marcha de los minutos me acercaba más a este día, mi fuero interno libraba con más ahínco la batalla contra la tristeza. Hoy mi padre estaría de cumpleaños y aunque es irremediable sentir con fuerza su ausencia, prefiero recordar algunos de los grandes regalos que me brindó durante su estadía en esta tierra.

El primero y uno de los más importantes, fue cuando me enseñó a leer. Yo tenía tres años. Y desde entonces llevo grabada en mi memoria la escena: él a mi lado, yo con el libro Coquito, cuya portada era celeste y tenía la imagen de un niño con gorra.

A continuación, otros momentos, que sin ir en orden cronológico ni de importancia, se agolpan en mi mente. Así, recuerdo cuando...

Me daba dos córdobas cada mañana. Gran capital para una niña de cuatro años.

Compraba pan de queso al señor que se estacionaba en su jeep frente a la casa, pues era el que me gustaba.

Me cedía su huevo del desayuno, porque a mí no me gustaba cómo habían preparado el mío.

Me cargaba en sus brazos para que yo pudiera tocar el cielo raso y decirle "mire papi, soy más alta que usted".

Me hacía cosquillas con su barba y bigote.

LLegaba a ver si yo tenía fiebre, cuando estaba enferma.

Golpeaba la puerta de mi cuarto, cada mañana, avisando que era hora de levantarse para ir al colegio.

Apagaba la tele para prestarme atención cuando yo quería contarle algo.

Se le quebró la voz, debido a la emoción, cuando oficiaba mi boda civil.

Le conté que estaba embarazada y su primera reacción fue decirme "tenés que cuidarte mucho, alimentarte bien, dormir bastante...."

Cargó en sus brazos por primera vez, a mi hijo Ricardo.

Reía a carcajadas.

Nos contaba anécdotas de su niñez, a mis hermanos y a mí, mientras lo rodeábamos en su cama.

Me regaló mis primeros libros: El Diario de Ana Frank y El Principito.

Llegó a visitarme mientras yo cumplía mi período de entrenamiento militar, cuando me uní al Ejército. (Tuvo que subirse a incómodos camiones militares, a lo cual no estaba nada acostumbrado).

Lo encontraba jugando pelota con mi hijo, al yo regresar del trabajo.

Me enseñó a llenar Crucigramas. Práctica que aún conservo.

Me consoló y aconsejó por mi primera decepción amorosa.

Me visitaba por las mañanas, los fines de semana y me llevaba mi queso preferido.

Me dijo que se sentía bien, una tarde antes de su muerte....

Por esto y mucho, mucho más, no puedo menos que agradecer haberle tenido en mi vida, sentirme bendecida y sumamente amada.

(Y sí hermano, tuviste razón al decirme que no debo sentirme triste porque mi papi partió, sino feliz por todo el tiempo que compartí con él).

Allí donde está papi: desde el fondo de mi corazón, ¡gracias!

sábado, 22 de agosto de 2009

Soy



Gracias Alfonsina Storni, por tan hermoso poema...

Soy suave y triste si idolatro, puedo
bajar el cielo hasta mi mano cuando
el alma de otro al alma mía enredo.
Plumón alguno no hallarás más blando.

Ninguna como yo las manos besa,
ni se acurruca tanto en un ensueño,
ni cupo en otro cuerpo, así pequeño,
un alma humana de mayor terneza.

Muero sobre los ojos, si los siento
como pájaros vivos, un momento,
aletear bajo mis dedos blancos.

Sé la frase que encanta y que comprende
y sé callar cuando la luna asciende
enorme y roja sobre los barrancos.

viernes, 10 de julio de 2009

Pregunta


Decime, ¿qué hacés cuando sentís un huequito justo aquí en el centro del pecho? que duele, que arrebata la dulzura y te aleja de la alegría; que te resquebraja, te bota y te rompe en mil pedazos; que llegó no sabés cómo y en vez de achicarse se agranda....

Decime, por favor, ¿qué hacés con ese huequito?

viernes, 3 de julio de 2009

El jab de la muerte



¡Alexis, muchacho loco, me vas a matar!. Comienzo mis letras tomando para mí la famosa frase del cronista deportivo Sucre Frech, porque de alguna manera, es lo que mejor describe lo que cada nicaragüense sintió la madrugada del primero de julio cuando nos enteramos de la muerte de Alexis Argüello.

Más allá de que ‘El flaco’, ‘El flaco explosivo’, ‘El Caballero del Ring’, ‘El Tricampeón’… o simplemente ‘Alexis’ fuera el Alcalde de los managuas, era nuestra gloria deportiva. Y de plano, la noticia de que se suicidara con un tiro de 9 mm en el corazón, no sólo nos tomó por sorpresa, sino que nos cayó como un balde de agua fría.

Y llevamos tres días desayunando, almorzando y cenando la muerte de Alexis. Nadie habla sobre otra cosa. El impacto no pasa. La incredulidad no cesa. Ni las interrogantes sobre los motivos que lo impulsaron a tomar tan fatal decisión.

Consternados y dolidos, los nicas nos preguntamos por qué, y muchos hasta se atreven a criticar el hecho. ‘Nadie quiere morirse, yo al menos no me quiero morir… quiero vivir siempre para bailar y disfrutar’… Cerré mentalmente mis oídos para no seguir escuchando las palabras de una joven, que llegaron desde una mesa vecina, ayer, en el local donde almorzaba. Y me puse a meditar.

Claro, nadie que está en sus cabales lo desea. Pero me imagino que Alexis no lo estaba. De hecho, también supongo que si no todos, al menos la mayoría de quienes cuestionan su decisión, no tienen la menor idea de qué significa estar deprimido.

“Síndrome caracterizado por una tristeza profunda y por la inhibición de las funciones psíquicas, a veces con trastornos neurovegetativos”. Así define el diccionario, la palabra depresión.

Yo la defino como una noche sin luna, en la que los sentidos funcionan de manera distorsionada y te encauzan por sendas que ‘normalmente’ no pisarías ni siquiera en broma.

Acariciar la idea de la muerte no es ajeno a los depresivos, por el contrario, es una constante. Y se rumia la idea, y hasta se masculla. Pero nadie te oye, quizá porque sólo lo dijiste entre dientes o simplemente porque muchos te pasaron de largo, sin reparar realmente en esa brasa que llevás en el corazón y que te va consumiendo poco a poco, haciendo que tu interior parezca estar en el mismísimo infierno.

Pero es tu infierno personal, es tu vivencia, muchas veces llevada en silencio, ora entre llantos, ora entre sonrisas, entre máscaras que se deslizan danzantes entre el ‘no pasa nada’ y el ‘me quiero morir’.

Y bueno, fuera como fuere, la idea de la muerte le asestó un jab al Tricampeón para encarnarse en el tiro que le hirió los pulmones, se le alojó en el corazón y -en vez de mandarlo a la lona- lo mandó a la fría caja de madera donde ha permanecido recibiendo el último saludo de sus coterráneos. Y en la que, a partir de hoy en horas de la tarde, espero, su cuerpo descansará en paz.

lunes, 29 de junio de 2009

Relato febril


Algunos rayos de luz –un tanto atrevidos, un tanto rebeldes- osaron colarse por la ventana, permitiéndome dibujar su silueta sobre mi cama. Su cuerpo casi perfecto –y digo ‘casi’ por no parecer hereje- y ardiente yacía a mi lado.

Más dormido que despierto, de vez en cuando realizaba algún movimiento errático en el aire y yo, a sabiendas de su deseo, acercaba mi mano que al instante él, dulcemente, tomaba para colocar sobre su pecho. Su mano sobre la mía y mi mirada buscando su mano. Así permanecíamos largos ratos, en los que sólo el sonido lejano e intermitente de algún grillo interrumpía el agradable son de los latidos de su corazón.

Fue una vela agridulce. Debido a los vaivenes y ajetreada vida de una mujer profesional, desde hacía mucho no me quedaban fuerzas como para desvelarme sólo para contemplarlo, pero esa noche lo hice. Primero porque las circunstancias me obligaban, luego porque caí presa del embrujo de su ternura y belleza.

Me dolía la espalda –para quienes no saben: tengo una lesión congénita--, me sentía exhausta, mis ojos cansados parpadeaban tan lento, que casi asemejaban una danza virtuosa y pausada…

Pero debía mantenerme despierta. Muy a mi pesar estábamos a punto de llegar a la barrera de las 48 horas. Momentos febriles e interminables que pasamos entre clínicas, medicinas, termómetros, baños y paños húmedos sobre la cabeza, de pronto llegaron a su fin y mi cuerpo sintió una liberación de adrenalina.

Después de 43 horas consecutivas, la fiebre abandonó el cuerpo de mi pequeño hijo y con lágrimas de agradecimiento, elevé una oración…

miércoles, 3 de junio de 2009

Acosador sin bigote


El tiempo pareció detenerse de manera intempestiva. Mi entonces esposo y yo volvimos a vernos pero nuestros ojos apenas hicieron contacto. Y es que, debido a lo que Mosíah –nuestro hijo único hijo en esa época- acababa de decirnos, todos nuestros sentidos se volcaron hacia él.
Ese día era un tanto especial. No sólo porque fue el inicio de la temporada estudiantil, sino porque ese año entraba a primaria luego de ‘graduarse’ en el Preescolar (¿vieron que eso de las graduaciones se puso de moda?). Y, por si fuera poco, iniciaba este proceso en un nuevo centro de estudios.
Así las cosas, en esta ocasión, teníamos más motivos para continuar con la rutina que habíamos iniciado tres años atrás, cuando ingresó a primer nivel: preguntar siempre, “¿cómo te fue?”.
Mi hijo siempre mostró una particularidad: como decimos en Nicaragua, teníamos que ‘sacarle las palabras con cuchara’ y esa ocasión no fue diferente, por lo que la charla, hasta unos segundos antes del intercambio de miradas que detallo al inicio, fue más o menos así:
- ¿Cómo te fue, amor?
- Mmm… (encoge los hombros sin volvernos a ver)… Bien.
- ¡Qué bueno! ¿Y qué tal tu nuevo colegio?
- Mmmm… (hace un ligero gesto con la boca, indicando cierta indiferencia por el cole).
- ¿Pero qué te pareció, viste que es bonito? Tiene campo de fut, es de tres pisos…
- Ujum…
- (A esas alturas, más que curiosa, estoy impaciente). Negrito, amor, mirá: necesito saber cómo te sentís en tu nuevo colegio, cómo te fue el primer día, si te presentaste con la profesora, en fin, tu papá y yo queremos saber todo para tomar decisiones pero vos sos la única persona que nos puede informar, así que contame: ¿todo bien?.
- Sí…(varios segundos de silencio)… bueno, todo iba bien hasta que el tipo ese me comenzó a seguir.
- ¡Cómo! ¿Un tipo te siguió?. El corazón parecía no tener cabida en el pecho. Mi ex y yo nos volvimos a ver y por medio de señas le pregunté si deseaba tomar la batuta ante semejante confesión y respondió que no. Visualicé el colegio y la enorme barda que lo rodea, me pregunté cómo le hizo el tipo para entrar… (Esto y más, en fracciones de segundos).
Me acomodé, eché un vistazo rápido al rostro del niño como tratando de imaginar los angustiosos momentos que pudo pasar y así en ráfaga, espeté todas las preguntas que tenía atravesada en la garganta: ¿qué tipo, vos lo conocías?, ¿viste por dónde entró al centro? ¿había algún padre (es un colegio de Jesuitas) supervisando? ¿le pediste ayuda a la profesora?
Mi pequeño hijo sólo atinaba a mover negativamente la cabeza mientras yo urdía cómo, a qué hora y con quién debía hablar al día siguiente cuando llegara a interrogar sobre el sistema de seguridad que implementaban los sacerdotes, puesto que fue visiblemente violentado ese día.
Luego del primer impacto, respiré profundo y le advertí la importancia de que recordara todos los detalles del acosador: forma y color del cabello, ropa que vestía, etc. Continué preguntándole y así me enteré que quien siguió a mi niño durante todo el recreo, en una de esas logró acercársele para preguntarle su nombre.
Yo, enloquecida al saber que el tipo tuvo contacto directo con mi hijo, comencé a interrogarlo sobre posible información que hubiera brindado a un desconocido, a la vez que solté otra ráfaga de preguntas, hasta que pronuncié el ábrete Sésamo: “¿usa bigote?”.
- Mamaaaaa, ¿cómo se te ocurre que un niño puede usar bigote?. PLOP.
La pregunta me desconcertó a más no poder, y me vi obligada a replantear mis inquietudes. Comencé con un: “¿niño? ¿quien te seguía era un niño?
Efectivamente señores. Un chavalito, también nuevo en el colegio, quiso hacer amistad con mi niño, pero éste se dedicó a recorrer todo el centro escolar buscando cómo deshacerse del 'pegoste'.
Adivinen… el chiquillo tan sólo era otra pequeña alma lanzada a un mundo nuevo. Y tan sólo andaba en busca de un amiguito.

sábado, 23 de mayo de 2009

Gotas de tristeza



El corazón late tan rápidamente que parece que saltará del pecho. Y no es para menos. Me encuentro sola en la casa, frente a la computadora, viendo los reflejos de los relámpagos a través de las ventanas que tengo a mi derecha. Casi por inercia, cierro los ojos, sobrecogida, levanto mis hombros como deseando que me cubran -cual caparazón a la tortuga- y espero... brummm. El trueno no se deja esperar.

Le tengo horror a ese sonido, y a lo que representa... por supuesto. Pero, en medio de mi aflicción, me descubro acongojada. No sé cuándo lo supe exactamente, pero desde hace mucho tiempo me di cuenta que cuando llueve me siento triste.

Por vivir en un país cuya economía es eminentemente agrícola y ganadera, en general se considera el invierno, una bendición. El asunto es que aquí esa estación dura seis meses, para mí eternos.

Fue hace cosa de un par de años. En el lugar menos esperado la charla tomó un giro: la tristeza estacionaria. Quien tenía la palabra preguntó: "¿han notado que el estado de ánimo de algunas personas varía con las estaciones?". El tipo de tez clara, de mediana estatura y cabello canoso capturó inmediatamente mi atención. "Es porque generalmente les trae recuerdos, cosas que quedaron dormidas allí en su subconsciente..."

La meditación al respecto no me llevó por senderos muy largos. Casi al instante pasaron por mi mente imágenes de mi infancia y adolescencia, momentos para mí difíciles y hasta dolorosos. Todos ligados a momentos lluviosos.

Pero hubo un recuerdo en particular, que debo confesar no sé por qué me afecta tanto si a mi entender viví momentos más tristes que ese. En ese entonces yo tendría unos 12 años. Mis hermanas mayores estudiaban por la tarde, asì que yo quedaba en compañía de uno de mis hermanos, pero él -cosas propias de la edad, supongo- se molestaba porque a su parecer lo dejaban de "niñera" mía.

Así que esa tarde no fue la excepción. En cuanto tuvo la oportunidad, salió de la casa dejándome sola. Y de pronto, lo que comenzó como una ligera brisa se tornó en un fuerte torrencial. Presa del miedo a los rayos me quedé paralizada durante unos segundos y luego opté por arrodillarme en el sofá ubicado junto al ventanal de la sala.

Las gotas golpeaban las persianas con inclemencia y el agua caía con tal fuerza sobre el techo, que pensé que éste colapsaría. Deseé con todas las fuerzas de mi alma que mi hermano volviera pronto pero no fue así. Y, lo que inició como una lágrima que escapa de su prisión, se convirtió en un llanto agónico al punto de que mis ojos quedaron ardiendo y enrojecidos.

Mi hermano apareció cuando la lluvia amainó, es decir, poco antes del anochecer. Minutos después llegaron mis hermanas, luego mis padres. O sea, mi casa volvió a la normalidad... Nunca nadie sospechó de la tarde torturadora que ese día viví.

lunes, 20 de abril de 2009

Diez perlas y una más


Comparto diez frases que me llaman la atención. Algunas me hicieron reflexionar, otras me sacaron una sonrisa...

Diez perlas

1. "En el mundo hay dos clases de mujeres: las que dejan a un hombre sin fuerzas y las que se las devuelven". Rudyard Kipling, escritor y poeta británico

2. "Mis conocidos son muchos, mis amigos pocos. Los que realmente me conocen menos aun". Truman Capote, periodista y escritor estadounidense

3. "Cuanto más listo es un hombre, tanto menos sospecha que lo van a cazar en los detalles insignificantes. Al hombre muy astuto hay que cogerlo en la trampa precisamente de las cosas más simples". Fiódor Dostoyevski, novelista ruso

4. "He aquí el momento dramático del destino, cuando resuenan en la escalera unos pasos que van a entrar en nuestra vida, e ignoramos si ha de ser para bien o para mal nuestro". Arthur Conan Doyle, escritor británico

5. "La indiferencia da a luz la fortaleza del alma; el desamparo aumenta la dignidad; la desgracia es la mejor leche para la generosidad". Victor Hugo, escritor francés

6. "Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas". Pablo Neruda, poeta chileno

7. "La felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos". Henry Van Dyke, escritor estadounidense

8. "Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal". Madre Teresa de Calcuta, religiosa hindú

9. "Mira dos veces para ver lo justo. No mires más que una vez para ver lo bello".
Henry F. Amiel, escritor suizo

10. "No olvides nunca que el primer beso no se da con la boca, sino con los ojos". O. K. Bernhardt, escritor alemán

Y una más

11. "Los cheques de tus insultos no tienen fondos en el banco de mi ánimo". Manolito, personaje de Quino

viernes, 17 de abril de 2009

Si un pajarillo...



Siendo casi una niña, leí este poema en el libro escrito por Aturo Cuyas, "Hace falta un muchacho". Desde entonces me acompaña, aunque no estoy segura de si es de autor desconocido... (al menos yo no sé quién lo escribió).

Si un pajarillo caído,
con amor puse en su nido;
si un acto o palabra mía
llevó a un triste la alegría;
si una lágrima he enjugado;
si una pena he consolado
si al pobre que auxillio implora
tendí alguna vez la mano;
si al morir, alguien me llora,
¡yo no habré vivido en vano!

domingo, 12 de abril de 2009

Encuentro cercano...


Me encanta el mar. Creo que es una de las cosas que más disfruto en la vida… cada amanecer y cada anochecer es un espectáculo que no tiene precio. El cielo nos va presentando una gama de colores en diversas tonalidades que parecen danzar al ritmo de las olas, apacibles a veces, otras no tanto. Y el sol mostrando sus mejores galas, rojas o anaranjadas, no se queda atrás.
Podría pasar horas sentada en la orilla. Quedarme ahí -mientras las olas me coquetean en ese vaivén, sin decidirse a rozar mi piel- simplemente contemplando la inmensidad, sintiendo mi conexión con la naturaleza, palpando la finísima arena, recibiendo la brisa marina en mi rostro mientras mi cabello vuela libremente según lo lleva el viento. La sensación de los rayos solares, que inician como una suave caricia hasta convertirse en un fuerte abrazo que casi te ahoga, cuando ya calienta demasiado en este mi país de clima tropical.
No puedo dejar de pensar en lo pequeño que somos. Cada ser humano, en medio de la grandeza que significa su creación perfecta (¿o me van a decir que nuestro cuerpo no es una máquina con un engranaje maravilloso?), es tan ínfimo a la vez… que simplemente me maravilla.
Pero eso no es todo. Sería injusta si no menciono las formas. Las conchitas, los caracolitos, las rocas… las olas mismas, que al reventar se convierten en una masa de agua espumosa. Las aves mañaneras que bajan a buscar alimento y, si tengo suerte –como en este momento-, algún barco pesquero que al lanzar sus redes rompe la línea que se forma en el horizonte.
Apenas amanece y no dejo de pensar en el encuentro que sostendré dentro de un momento, con los pescadores recién llegados a la playa cargados de productos marinos. Siempre que tengo esta experiencia los observo, tan diestros guardando sus redes, descargando las langostas, anguilas, pargos y corvinas. Hombres enjutos, renegridos por el sol, que supongo le 'sacan el jugo' a esta temporada, vendiendo el fruto de su trabajo a un mejor precio.
Pero mientras llego a mi cita, aprovecho los minutos que me quedan desde la posición privilegiada que poseo en este momento, en el balcón de un hotelito de playa en el balneario llamado Casares, en la costa del Pacífico donde vine a refugiarme para escribir estas letras luego de una caminata por la arena. Experiencia, para mí tan impactante, que cada vez que la vivo me siento como si acabo de experimentar un encuentro cercano del tercer tipo…

lunes, 6 de abril de 2009

Onomatopeya angustiosa



Luego de varios días fuera de mi centro de labores debido a motivos de salud, hoy me reintegré. Agradable sorpresa recibí al ver desfilar uno a uno, un grupo de aspirantes que llegaron para ser entrevistados. Tenemos una plaza disponible.
Por sus gestos, al salir de la oficina del jefe, más o menos podía deducir cómo le fue en la entrevista. Y de pronto reviví los momentos en que, sentada junto a mi otrora esposo e hijo, igualmente ispeccionaba a hurtadillas los rostros de quienes se alejaban de la ventanilla del Cónsul, dentro de la Embajada de Gringolandia.
A decir verdad nunca acaricié la idea de ir a pedir la famosa visa. Mi respuesta siempre fue la misma "¿yo? no mamita (o papito, según el caso), como no sé si me la van a dar, prefiero no gastar mi dinero". Y es que claro, tenés que pagar por el solo derecho de ir a sentarte ahí... a esperar el sí... o el no.
Pero mi respuesta dio un giro cuando mi hijo me dijo que como regalo de cumpleaños deseaba ir a Disney World. Así que ahí estábamos, en busca de tres visas para cumplir el sueño de un niño.
A medida que pasaba el tiempo, el clic-clic del sello de visa denegada se hacía más audible. Y constante. No acostumbrada a mentirle a mi hijo, me tocó explicarle eso cuando me preguntó qué significaba aquel singular sonido y el niño entró en pánico. "Mama, se la están negando a todo el mundo", me dijo, mientras limpiaba el sudor de sus manitos en el pantalón.
Su padre y yo cruzamos miradas. Al unísono comenzamos a darle palabras de aliento -siempre con el clic-clic incesante como música de fondo-, hasta que finalmente le dije que efectivamente, esos señores rubios y ojos azules que estaban tras las ventanillas, tenían tooooda la potestad del mundo para darnos o no, permiso de viajar a Estados Unidos. Pero que no se preocupara. Si no lo lográbamos, podríamos viajar... quizá al Canal de Panamá o algún otro destino cercano que él escogiera.
El clic-clic se hizo parte del ambiente. Y muy de vez en cuando veíamos desfilar a alguna persona con una sonrisa de oreja a oreja. Mi ex y yo nos volvíamos a ver y con una risita de complicidad decíamos a la vez: "¡Se la dieron!"
Hasta que llegó nuestro turno. El alma del niño no cabía dentro de su cuerpo. Tanta era su excitación, así que estuvo atento a la corta entrevista que sostuvimos con el Cónsul. Al finalizar, tomamos la mano de nuestro pequeño, dejando el angustioso clic-clic atrás...

viernes, 3 de abril de 2009

¿Vale la pena?


Soy una persona con muchas fobias. He aprendido a enfrentar algunas, pero debo reconocer que estoy en el proceso. Es decir, aún no es tiempo para declarar mi mente, zona libre de semejantes horrores.
Así las cosas, de pronto no me resulta inconcebible la idea de que hoy –cuando ya pasaron 1 año, 6 meses y 26 días de que un bus embistiera el carro en que yo viajaba con dos hermanos y un hijo- continúe sudando helado cada vez que el vehículo en que voy se encuentra con una de esas moles de metal donde un desalmado transporta a sus pasajeros. (Ojo mijo, esto no es para vos jeje).
Lo curioso es la forma en que uno concatena ideas, ¿verdad? Meditar sobre mi accidente me llevó a concluir que perdí la confianza. No me siento segura en las calles… Ah sí, falta de confianza… y ahí el pensamiento me hizo clic con otras cosas. ¿Qué pasa cuando perdés la confianza en alguien?
Yo siempre digo que me esfuerzo por ser tolerante. Pero una de las cosas que mi ser rechaza por cada poro es la mentira. Primero porque es lo que aprendí: crecí en un hogar donde había cero grado de tolerancia para los mentirosos (y Dios guardara a quien osara serlo). Segundo porque la experiencia me ha enseñado que la gente mentirosa no es de fiar. Tercero, pero no menos importante, porque siento que quien me miente me ve cara de tonta… y eso sí que no.
Así que, ¿qué hacer cuando descubrís que alguien te mintió? Para mí surge el conflicto entre dos principios: el de cero tolerancia a la mentira y el de brindar segundas oportunidades. Porque de pronto me digo, bueno, soy un ser imperfecto y constantemente la vida y las personas me brindan segundos chances… pero, ¿y si me vuelve a mentir? Y eso de vivir en zozobra, como que no es lo mío.
Y les voy a contar. Versión corta: hace muchos años alguien me mintió fuerte, feo, pesado, doloroso. Una mentira sostenida durante mucho tiempo. Pegada con saliva de lora, o sea, en cualquier momento se caía… hasta que lo hizo. Me resentí, lloré, pregunté los porqués (a sabiendas de que me serían inconcebibles), caí, me levanté, perdoné y sentencié: pasemos la página, pero si algún día me asoma la idea de que me volviste a mentir, ‘te llamabas’. O sea, fuiste. Out.
¿Y qué creen que sucedió? “Gallina que come huevo, ni que le quemen el pico”, me dijo mi hermana. Y así fue. Entonces terminé preguntándome, ¿valió la pena? Es la fecha, y no lo sé.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Silencio

Déjame que te hable también con mi silencio, claro como una lámpara, simple como un anillo...

¿Nunca les ha pasado que, teniendo mucho qué decir, no sale ni una bendita palabra? Pues hoy es uno de esos días. Abrí esto con la intención de escribir a lo Gabo, extenso, sin puntos aparte, sin pausas. Como derramando el alma. Pero a la hora llegada sólo quedó el silencio, las frases huyeron y me quedé sola con este espacio.

En fin. Será para la próxima. Al menos eso espero.

domingo, 22 de marzo de 2009

Ante el espejo


Siempre tuve problemas de autoimagen. Tras ser una niña regordeta, a quien le cortaban el cabello al mejor estilo de la cabeza de R2D2 (el robot de la Guerra de las Galaxias), cuando llegué a la adolescencia, tuve que enfrentar el paradigma de la dizque gordura.
No sólo por las tallas cero dictadas por la moda, sino porque resulta que pese a que tenían piernas gruesas y busto grande, mis hermanas eran delgadas. De hecho, la mayor de ellas era integrante de la Gimnasia rítmica de su colegio, la segunda era novia del capitán de la banda musical (en ese tiempo, conocidas aquí como Bandas de Guerra), y la tercera era capitana de la misma gimnasia a la cual pertenecía la primera.
Ahora que lo pienso con detenimiento, mis hermanas eran chavalas populares, reconocidas no sólo por su apariencia física, sino también por tener mucha habilidad para relacionarse con los demás y por ir a todas las fiestas de su vida, sin repetir vestido (que en esa época, en que Nicaragua sufría de bloqueo económico de parte de Estados Unidos, era decir mucho).
Pero volviendo sobre mis letras: el punto es que mis hermanas estaban ‘buenas’. Y supongo que de alguna manera todos esperaban que ésta, su amable y segura servidora, no fuera una patita fea sino que de una vez creciera como cisne.
Cisne o no, todo habría ido bien si no fuera porque algo rompió el curso natural de las cosas. En la casa se empecinaban en decirme ‘gorda’. En realidad yo no era flaca (obvio: ninguna de mis hermanas lo era), aunque tampoco era obesa. Eso sí, nunca luciría las talla cero, tan comunes en los desfiles de París o Milán, puesto que nuestra contextura ósea jamás lo permitiría.
Tampoco porque, por asuntos de herencia, a medida que fui creciendo, mis muslos y mi busto no se quedaron atrás. Así que yo era más piernuda y bustuda que el común de chavalas de mi edad (algo grave para una adolescente tímida que lo único que deseaba era pasar desapercibida).
Así que, de tanto que lo escuché, se me metió entre ceja y ceja que yo era gorda. Nitos la piernuda, qué mal. Nitos la gorda, qué espanto. Nitos la bustuda, qué trauma. Y ahí se jodió el invento, como suele decir Paco, un señor español para quien trabajé hace varios años.
Y heme ahí. Mi reflejo en el espejo sólo me devolvía masas de carne, excesivas para mi corta estatura. Lo más chistoso del caso es que, ahora que vemos las fotos familiares mis hermanas exclaman sin pensarlo dos veces: ¡Nitos, pero si vos no eras gorda!! Y yo digo en mis adentros: ¡hello! Si quienes inventaron que yo era gorda… eteee… ¡fueron ustedes!
El problema es que con el paso del tiempo, me asumí tanto en ese papel, que comencé a subir de peso. Para luego recuperar la figura acorde a mi tamaño, y luego volver a subir, y luego volver a quedar esbelta… Y en resumidas cuentas: para vivir como el yo-yo, subiendo y bajando. Qué mal.
A estas alturas del partido me tocó hacer un alto en el camino. Hoy, hablé con alguien que sabe bien del asunto, me hizo notar los mandatos negativos que aprendí y que, si realmente quiero alejarme de este incómodo ‘subibaja’, debo comenzar por revisar mis pensamientos. Y en esas ando.
No sé si podré lograrlo. Desconozco en qué parará todo esto. Pero sí aseguro, con certeza, que los motes tan ‘inocentes’ que a veces le ponemos a los niños, pueden estarle jodiendo la existencia. Revisémoslos.

lunes, 2 de febrero de 2009

Simplemente humana


Eres igual que los demás. Me juzgas... No estuve de acuerdo con la frase que me dijo mi amiga Katherine, sin embargo, respeté su libertad de pensamiento y expresión. Lo hice en silencio, sin porqués y sin réplicas. Dejé pasar el momento pero me fue inevitable darle vueltas al asunto.

En mi repaso mental de pronto creí detectar la causa. Esbocé una sonrisa mientras dialogaba con ella... imaginariamente, por supuesto. Y entonces, con el más cálido acento que pude emitir, le expliqué que no, que no está en mí juzgarla por sus actos o pensamientos. Por el contrario, me esfuerzo por compredenderla.

Curiosamente, un par de noches antes estuvimos chateando. Pese a tener muchos contactos en línea, centré mi atención sólo en dos: mi hermano y ella. Mientras trataba de infundirle aliento, yo lloraba mucho debido a unos problemas personales que en ese momento discutía con mi hermano. Obviamenete ella no se enteró porque traté por todos los medios de mantenerme ecuánime para poder seguir el hilo de su conversación.

Por eso, cuando me dijo que la juzgo me quedé en blanco por un par de segundos. ¡Y me sentí injustamente juzgada!. Lo cierto es que esa situación dio pie a este log. Me hizo reflexionar en lo que todos sabemos: cuán complicadas son las relaciones humanas.

Yo misma he caído en la trampa muchas veces. Jugar a que el otro es adivino -y por tanto debe saber qué pienso/siento sin que se lo diga- es fácil. Y quiero que me conmprendan, que me apachurren, que me aconsejen o simplemente me escuchen. Sin siquiera determe a pensar sobre las necesidades de mi interlocutor.

Y me pregunto, ¿por qué tendemos a esperar tanto de los demás? ¿Por qué de pronto nos volvemos incapaces de sentir empatía? ¿Cómo es que nos permitimos ser egoístas? Es como si siempre esperamos que los demás sean un dechado de virtudes cuando nosotros mismos estamos lejos de serlo. En este momento ni en broma, puedo imaginarme la respuesta a mis inquietudes. Quizá alguno de ustedes pueda arrojarme un poco de luz.

Por mi parte reconozco que no soy perfecta. Simplemente soy humana.

jueves, 29 de enero de 2009

Bienes comunes


Este escrito me parece sencillamente hermoso. Mi buena amiga Ana Eugenia lo hizo llegar a mi email, así que busqué el enlace y decidí compartirlo con ustedes. Me hizo reflexionar un poco sobre la forma en que se dio mi propio divorcio y felizmente siento que me quedé con muchas cosas de las que menciona Roberto en su carta...

Estimada Cristina:
Ayer recibí una misiva de tu abogado donde me invitaba a enumerar los bienes comunes, con el fin de comenzar el proceso de disolución de nuestro vínculo matrimonial. A continuación te remito dicha lista, para que puedas solicitar la certificación al Notario y tener listos todos los escritos antes de la comparecencia ante el tribunal.

Como verás, he dividido la lista en dos partes. Básicamente, un apartado con las cosas de nuestros cinco años de matrimonio con las que me gustaría quedarme y otra con las que te puedes quedar tú. Para cualquier duda o comentario, ya sabes que puedes llamarme al teléfono de la oficina (de ocho a cuatro) o al móvil (hasta las once) y estaré encantado de repasar la lista contigo.

Cosas a conservar:
- La carne de gallina que salpicó mis antebrazos cuando te vi por primera vez en la oficina.
- El leve rastro de perfume que quedó flotando en el ascensor una mañana, cuando te bajaste en la segunda planta, y yo aún no me atrevía a dirigirte la palabra.
- El movimiento de cabeza con el que aceptaste mi invitación a cenar.
- La mancha de rimel que dejaste en mi almohada la noche que por fin dormimos juntos.
- La promesa de que yo sería el único que besaría la constelación de pecas de tu pecho.
- El mordisco que dejé en tu hombro y tuviste que disimular con maquillaje porque tu vestido de novia tenía un escote de palabra de honor.
- Las gotas de lluvia que se enredaron en tu pelo durante nuestra luna de miel en Londres.
- Todas las horas que pasamos mirándonos, besándonos, hablando y tocándonos. (También las horas que pasé simplemente soñando o pensando en ti).

Cosas que puedes conservar tú:
- Los silencios.
- Aquellos besos tibios y emponzoñados, cuyo ingrediente principal era la rutina.
- El sabor acre de los insultos y reproches.
- La sensación de angustia al estirar la mano por la noche para descubrir que tu lado de la cama estaba vacío.
- Las nauseas que trepaban por mi garganta cada vez que notaba un olor extraño en tu ropa.
- El cosquilleo de mi sangre pudriéndose cada vez que te encerrabas en el baño a hablar por teléfono con él.
- Las lágrimas que me tragué cuando descubrí aquel arañazo ajeno en tu ingle.
- Jorge y Cecilia. Los nombres que nos gustaban para los hijos que nunca llegamos a tener.

Con respecto al resto de objetos que hemos adquirido y compartido durante nuestro matrimonio (el coche, la casa, etc) solo comunicarte que puedes quedártelos todos. Al fin y al cabo solo son eso: objetos.

Por último, recordarte el n º de teléfono de mi abogado (914070485) para que tu letrado pueda contactar con él y ambos se ocupen de presentar el escrito de divorcio para ratificar nuestro convencimiento.

Afectuosamente,
Roberto.

Nota: Ganadora del III Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor.
(Tomado de www.escueladeeditores.com)

domingo, 25 de enero de 2009

Triste, muy tristemente


Este poema de Rubén Darío -uno de mis favoritos- refleja el estado de ánimo en que me encuentro días como hoy en que, pese al inmenso sol que nos alumbra, lo siento gris.

Un día estaba yo triste,
muy tristemente
viendo cómo caía el agua de una fuente.
Era la noche dulce y argentina.
Lloraba la noche.
Suspiraba la noche.
Sollozaba la noche.
Y el crepúsculo en su suave amatista,
diluía la lágrima de un misterioso artista.
Y ese artista era yo, misterioso y gimiente,
que mezclaba mi alma al chorro de la fuente.

Mi vestido 'inglaterrano'


Lo recuerdo como si fue ayer. Yo, muy a mis 4 años, recibí con alegría el regalito que me trajo mi tía luego de pasar varios meses en Inglaterra -donde fue a estudiar inglés- y hacer un breve recorrido por Europa: un vestido manga larga, de botones al frente, rojo con ojitos blancos. Y un 'bulto' (una suerte de bolso con tapadera y dos fajitas de cuero al frente) escolar a cuadros, con fondo verde.

Todo habría transcurrido dentro de la normalidad si no hubiera sido por un hecho que llamó la atención de los adultos: yo comenté que mi vestido era inglaterrano. Y comenzó la función, señores.... es decir, nadie de mi familia que tuviera la capacidad de comprender mi error, desperdiciaba la oportunidad para preguntarme "¿De dónde es tu vestido, chiquita?", a fin de recibir la consabida respuesta.

Me imagino que usted, estimado lector, al menos una vez en su vida pasó por lo mismo. Ésta es una práctica que he visto repetirse no sólo en mi familia, sino en la de amigos y desconocidos que en lugares públicos hacen lo mismo a sus niños.

Ahora, yo me pregunto, ¿qué impulsa a los adultos a hacer esto?, ¿qué los mueve a mofarse 'inocentemente' de un chiquillo en vez de enseñarle lo correcto?, ¿qué pasa por sus cabezas? Por favor, que alguien me explique.

Es increíble cómo, con nuestros hechos, palabras y actitudes podemos ayudar a fortalecer o desbaratar la autoestima de un menor, su seguiridad en sí mismo, su carácter, su intelecto.

En mi caso, hechos como éste influyeron para que yo fuera una pequeña muy tímida más allá de lo común, temerosa de 'meter la pata' y de que los demás se mofaran de mí.

Por eso, de adulta, trato de ser cuidadosa. Y no es que debamos andar 'con pies de plumas' (con mucho cuidado) como decimos aquí, sino simplemente es que debemos poner a trabajar el poco sentido común que haya en nuestro ser. ¿No creen?

jueves, 8 de enero de 2009

Equilibrio matutino


Dignidad, ante todo. Eso suele decir uno de mis hermanos en son de broma, cuando pasa una situación embarazosa. Pero a veces las circunstancias se acoplan, y hasta se susurran entre sí, diría yo. El objetivo: hacerte pasar la mayor vergüenza de tu vida.

Y ese momento te puede llegar en cuestión de segundos, como aquella nublada mañana en que yo me dirigía hacia la universidad. Estábamos en invierno y, por vivir en un país donde la estación lluviosa -sólo tenemos dos: húmeda y seca- dura seis meses, no resultaba raro que amaneciera lloviznando, luego de una noche de abundante precipitación.

El reloj marcaba unos minutos pasadas las seis. Las paradas de bus estaban llenas y el tráfico ya se comenzaba a incrementar. Pasé un semáforo para subir a la acera, sin embargo debía cruzar la calle para abordar la ruta 119 y llegar a mi centro de estudios.

Me bajé a la cuneta pero inmediatamente retrocedí al notar la cercanía de un bus. De pronto me sentí atrapada pues en la acera había un charco y no podía bajarme porque el autobús me arrollaría. Así las cosas, comencé a caminar como equilibrista al borde del andén, pero resbalé.

Evitando por todos los medios caer al agua sucia, incliné el cuerpo hacia adelante y una pierna hacia atrás, mientras abrí los brazos (como haciendo el 'avioncito') y repetí la "operación no-caer" a cada paso. Pero, en uno de los cambios de pie me deslicé y en vez de pisar nuevamente la orilla de la acera, caí en la cuneta. Me suspendí más veloz que un rayo (recuerden que un bus se acercaba) y comencé casi a correr sobre el borde, siempre en posición de avión.

Tras unos segundos interminables y casi seguramente un par de metros recorridos en tan penosa pose, finalmente llegué a una parte seca y pude enderezarme. Me erguí con una sonrisa genuina en mi rostro y convencidísima de que al menos un par de decenas de ojos se habían despachado desde palco, el pequeño show.

Todo sucedió justo a tiempo para ver la 119 estacionada al frente. "Qué jodido", me dije, "dignidad ante todo". Así que me acomodé la mochila al hombro, crucé rápidamente la calle y abordé la ruta que, más que llegar a tiempo, había llegado en mi rescate.

Datos personales

Mi foto
Managua, Nicaragua
Como todos en este mundo, tengo virtudes y defectos. Pero creo que lo más importante para mí, es saber ser amiga, de las que se quitan la camisa para dársela al que la necesita. Fiel a más no poder, sincera, y muy reservada. Amo la buena ortografía y me cuido de tenerla; periodista de profesión y de corazón, madre por decisión. Pero, ¿quién mejor que mis amigos para describirme? Así que esa tarea se la dejo a ellos.