Déjame que te hable también con mi silencio, claro como una lámpara, simple como un anillo...
¿Nunca les ha pasado que, teniendo mucho qué decir, no sale ni una bendita palabra? Pues hoy es uno de esos días. Abrí esto con la intención de escribir a lo Gabo, extenso, sin puntos aparte, sin pausas. Como derramando el alma. Pero a la hora llegada sólo quedó el silencio, las frases huyeron y me quedé sola con este espacio.
En fin. Será para la próxima. Al menos eso espero.
miércoles, 25 de marzo de 2009
domingo, 22 de marzo de 2009
Ante el espejo

Siempre tuve problemas de autoimagen. Tras ser una niña regordeta, a quien le cortaban el cabello al mejor estilo de la cabeza de R2D2 (el robot de la Guerra de las Galaxias), cuando llegué a la adolescencia, tuve que enfrentar el paradigma de la dizque gordura.
No sólo por las tallas cero dictadas por la moda, sino porque resulta que pese a que tenían piernas gruesas y busto grande, mis hermanas eran delgadas. De hecho, la mayor de ellas era integrante de la Gimnasia rítmica de su colegio, la segunda era novia del capitán de la banda musical (en ese tiempo, conocidas aquí como Bandas de Guerra), y la tercera era capitana de la misma gimnasia a la cual pertenecía la primera.
Ahora que lo pienso con detenimiento, mis hermanas eran chavalas populares, reconocidas no sólo por su apariencia física, sino también por tener mucha habilidad para relacionarse con los demás y por ir a todas las fiestas de su vida, sin repetir vestido (que en esa época, en que Nicaragua sufría de bloqueo económico de parte de Estados Unidos, era decir mucho).
Pero volviendo sobre mis letras: el punto es que mis hermanas estaban ‘buenas’. Y supongo que de alguna manera todos esperaban que ésta, su amable y segura servidora, no fuera una patita fea sino que de una vez creciera como cisne.
Cisne o no, todo habría ido bien si no fuera porque algo rompió el curso natural de las cosas. En la casa se empecinaban en decirme ‘gorda’. En realidad yo no era flaca (obvio: ninguna de mis hermanas lo era), aunque tampoco era obesa. Eso sí, nunca luciría las talla cero, tan comunes en los desfiles de París o Milán, puesto que nuestra contextura ósea jamás lo permitiría.
Tampoco porque, por asuntos de herencia, a medida que fui creciendo, mis muslos y mi busto no se quedaron atrás. Así que yo era más piernuda y bustuda que el común de chavalas de mi edad (algo grave para una adolescente tímida que lo único que deseaba era pasar desapercibida).
Así que, de tanto que lo escuché, se me metió entre ceja y ceja que yo era gorda. Nitos la piernuda, qué mal. Nitos la gorda, qué espanto. Nitos la bustuda, qué trauma. Y ahí se jodió el invento, como suele decir Paco, un señor español para quien trabajé hace varios años.
Y heme ahí. Mi reflejo en el espejo sólo me devolvía masas de carne, excesivas para mi corta estatura. Lo más chistoso del caso es que, ahora que vemos las fotos familiares mis hermanas exclaman sin pensarlo dos veces: ¡Nitos, pero si vos no eras gorda!! Y yo digo en mis adentros: ¡hello! Si quienes inventaron que yo era gorda… eteee… ¡fueron ustedes!
El problema es que con el paso del tiempo, me asumí tanto en ese papel, que comencé a subir de peso. Para luego recuperar la figura acorde a mi tamaño, y luego volver a subir, y luego volver a quedar esbelta… Y en resumidas cuentas: para vivir como el yo-yo, subiendo y bajando. Qué mal.
A estas alturas del partido me tocó hacer un alto en el camino. Hoy, hablé con alguien que sabe bien del asunto, me hizo notar los mandatos negativos que aprendí y que, si realmente quiero alejarme de este incómodo ‘subibaja’, debo comenzar por revisar mis pensamientos. Y en esas ando.
No sé si podré lograrlo. Desconozco en qué parará todo esto. Pero sí aseguro, con certeza, que los motes tan ‘inocentes’ que a veces le ponemos a los niños, pueden estarle jodiendo la existencia. Revisémoslos.
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Datos personales
- La Nitos
- Managua, Nicaragua
- Como todos en este mundo, tengo virtudes y defectos. Pero creo que lo más importante para mí, es saber ser amiga, de las que se quitan la camisa para dársela al que la necesita. Fiel a más no poder, sincera, y muy reservada. Amo la buena ortografía y me cuido de tenerla; periodista de profesión y de corazón, madre por decisión. Pero, ¿quién mejor que mis amigos para describirme? Así que esa tarea se la dejo a ellos.