Tengo una sensación rara en el cuerpo. Y en la mente. Y
en los dedos que se quedan estancados en el teclado en vez de rozarlo cual si
fuera un dulce beso de muchachos enamorados. Ha de ser porque recién he
llorado. Lloré a mares, una vez más… pero eso ya lo sabés. Otra vez, te lloré.
No puedo evitarlo. ¿Y qué querés? Si tan sólo han pasado dos años desde que
cruzaste el delgado velo que a muchos aún nos separa de la muerte.
¡Y me dolés! Cuando te recuerdo de niño, tan vivaracho,
tan lleno de energía, tan sonriente. Extraño tu sonrisa de adulto, tu mirada
cómplice, tu comida. Pero sobre todo, extraño ese cordoncillo invisible que,
sin ser umbilical, unió nuestros espíritus desde siempre.
Me sentí triste porque no pude visitar el cementerio hoy.
Pero luego recapacité: no necesito sembrar flores sobre el puñado de tierra que
cubre tus restos… porque siempre has vivido y vivirás en el jardín de mi
corazón.

