miércoles, 29 de diciembre de 2010

Gracias, 2010

Estas leras no obedecen a la suerte de moda que se vive en esta temporada, en la que la gente va por allí gritando al viento –para que éste las esparza por los cuatro puntos cardinales- las dichosas metas del año nuevo. No.

Lo mío más bien es un proceso muy similar al que hago cada noche, cuando, metida en mi cama, hago un repaso mental de las acciones del día. Esto, más bien diría, es parte de mi sistema de depuración. Catarsis.

Confieso que pospuse el momento. Quizá porque de alguna manera sería echar sal a la herida, recordar dónde me aprieta el zapato, obligarme a reinventarme … y eso es lo más difícil. Pero bueno…

A simple vista el 2010 me parece un mal año. Perdí cosas valiosas. Se truncaron de manera inesperada, caminos que nunca esperé. Quienes me han acompañado en el ir y venir, recordarán  por ejemplo, la muerte de mi amado sobrino. Una verdadera tragedia para mí, para su madre, para todos. Un dolor espantoso que nada logró extirparme del pecho, me acompañó durante semanas enteras hasta que comprendí –una vez más- que la Muerte arranca trozos de tu alma dejándote ese huequito que nadie llena.

Lo bueno es que en algún momento recordé algo importante: que la muerte da paso a la vida, que el vacío deja espacio libre para llenarte con cosas nuevas y mejores, que las noches frías sólo preceden al calor que te brindan las manos amigas.

Y en la medida en que continúo mi recuento, como por arte de magia  el déficit se convierte  en superávit. La pérdida en ganancia. El faltante, en abundancia. Pues resulta que aprendí y re-aprendí a valorar lo que tengo... y lo que no, también. Lo que un día tuve y aquello que aún no llega.

Sentí a manos llenas y corazón abierto el amor de mis amigos, ángeles incomparables sin cuyo sostén muchas veces habría caído… y otras tantas, no habría podido levantarme. Y en la misma tónica celestial, pude sentir el amor del Padre, sin cuya bendición no estaría aquí ahora.

El cierre de oro, me parece, está en el reconocimiento que hice de mí misma. De mis virtudes y defectos, de mis aciertos y desaciertos… los segundos, siempre brindándome la hermosa oportunidad de crecer y avanzar. Veo entonces, que a la postre, el 2010 fue un año maravilloso. Lleno de desafíos, pero también repleto de esperanza, de valor, de crecimiento personal, de amor y amistad pura.

Gracias Dios por esta oportunidad. Gracias padres, porque me dieron la vida y aunque ya no están físicamente conmigo, viven dentro de mi corazón. Gracias, familia. Gracias amigos… porque, tal como dicen las Escrituras: amigo hay más unido que un hermano.

Que el 2011 se abra ante nosotros como un caminito angosto que nos conduce hacia la plenitud y el gozo. Paz y prosperidad para todos.

martes, 30 de noviembre de 2010

Como trébol...

Mordisqueo nerviosa las uñas de mi mano. Suspendo la tarea para escribir un par de letras y vuelvo. Cejijunta y cansada visualizo con horror lo que me espera: noches en blanco, días oscuros. Un poco como hasta ahora, quizá... porque si he de ser honesta conmigo misma, debo reconocer que el hecho de no dormir durante el día no significa que el sol siempre salga para mí.

No hoy al menos. Ni ayer, ni antier. Quizá tampoco mañana ni los días subsiguientes mientras la agonía de la espera me acercan a la vera de la Navidad. Está bien, sí... lo diré en 'voz alta': soy una de las tantas terrícolas que sufren tristeza estacionaria en esta fecha. Y de repente, al ver el recogimiento familiar y no tener a los míos conmigo, me siento tal como me dijo alguien muy querido en una de tantas noches sin luna: "más sola que un trébol de cuatro hojas..."

martes, 26 de octubre de 2010

Los Motivos del Lobo

Leer hoy este poema, me estremece igual que la primera vez -cuando era casi una niña-. En aquel entonces lloré por el lobo. Hoy 'lloro' por mí, aunque no con lágrimas como aquella vez...

Lamentablemente, su esencia sigue tan vigente como cuando, el por mí admirado y respetado, Rubén Darío lo escribió.


El varón que tiene corazón de lis,
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
el lobo de Gubbia, el terrible lobo,
rabioso, ha asolado los alrededores;
cruel ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertes y daños.

Fuertes cazadores armados de hierros
fueron destrozados. Los duros colmillos
dieron cuenta de los más bravos perros,
como de cabritos y de corderillos.
Francisco salió:
al lobo buscó
en su madriguera.
Cerca de la cueva encontró a la fiera
enorme, que al verle se lanzó feroz
contra él. Francisco, con su dulce voz,
alzando la mano,
al lobo furioso dijo:  ¡Paz, hermano
lobo! El animal
contempló al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: ¡Está bien, hermano Francisco!

¡Cómo! exclamó el santo. ¿Es ley que tú vivas
de horror y de muerte?
¿La sangre que vierte
tu hocico diabólico, el duelo y espanto
que esparces, el llanto
de los campesinos, el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¿Te ha infundido acaso su rencor eterno
Luzbel o Belial?
Y el gran lobo, humilde: ¡Es duro el invierno,
y es horrible el hambre! En el bosque helado
no hallé qué comer; y busqué el ganado,
y en veces comí ganado y pastor.
¿La sangre? Yo vi más de un cazador
sobre su caballo, llevando el azor
al puño; o correr tras el jabalí,
el oso o el ciervo; y a más de uno vi
mancharse de sangre, herir, torturar,
de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor.
Y no era por hambre, que iban a cazar.

Francisco responde: En el hombre existe
mala levadura.
Cuando nace viene con pecado. Es triste.
Mas el alma simple de la bestia es pura.
Tú vas a tener
desde hoy qué comer.
Dejarás en paz
rebaños y gente en este país.
¡Que Dios melifique tu ser montaraz!
Está bien, hermano Francisco de Asís.
Ante el Señor, que todo ata y desata,
en fe de promesa tiéndeme la pata.
El lobo tendió la pata al hermano
de Asís, que a su vez le alargó la mano.

Fueron a la aldea. La gente veía
y lo que miraba casi no creía.
Tras el religioso iba el lobo fiero,
y, baja la testa, quieto le seguía
como un can de casa, o como un cordero.
Francisco llamó la gente a la plaza
y allí predicó.
Y dijo: He aquí una amable caza.
El hermano lobo se viene conmigo;
me juró no ser ya vuestro enemigo,
y no repetir su ataque sangriento.
Vosotros, en cambio, daréis su alimento
a la pobre bestia de Dios. ¡Así sea!,
contestó la gente toda de la aldea.
Y luego, en señal
de contentamiento,
movió testa y cola el buen animal,
y entró con Francisco de Asís al convento.

Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
en el santo asilo.
Sus bastas orejas los salmos oían
y los claros ojos se le humedecían.
Aprendió mil gracias y hacía mil juegos
cuando a la cocina iba con los legos.
Y cuando Francisco su oración hacía,
el lobo las pobres sandalias lamía.
Salía a la calle,
iba por el monte, descendía al valle,
entraba en las casas y le daban algo
de comer. Mirábanle como a un manso galgo.

Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo
dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,
desapareció, tornó a la montaña,
y recomenzaron su aullido y su saña.
Otra vez sintióse el temor, la alarma,
entre los vecinos y entre los pastores;
colmaba el espanto los alrededores,
de nada servían el valor y el arma,
pues la bestia fiera
no dio treguas a su furor jamás,
como si tuviera
fuegos de Moloch y de Satanás.

Cuando volvió al pueblo el divino santo,
todos lo buscaron con quejas y llanto,
y con mil querellas dieron testimonio
de lo que sufrían y perdían tanto
por aquel infame lobo del demonio.
Francisco de Asís se puso severo.
Se fue a la montaña
a buscar al falso lobo carnicero.
Y junto a su cueva halló a la alimaña.

En nombre del Padre del sacro universo,
Conjúrote, dijo, ¡oh lobo perverso!,
a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?
Contesta. Te escucho.
Como en sorda lucha, habló el animal,
la boca espumosa y el ojo fatal:
Hermano Francisco, no te acerques mucho…
Yo estaba tranquilo allá en el convento;
al pueblo salía,
y si algo me daban estaba contento
y manso comía.
Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perro y perra,
y un buen día todos me dieron de palos.

Me vieron humilde, lamía las manos
y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
todas las criaturas eran mis hermanos:
los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
hermanas estrellas y hermanos gusanos.
Y así, me apalearon y me echaron fuera.
Y su risa fue como un agua hirviente,
y entre mis entrañas revivió la fiera,
y me sentí lobo malo de repente;
mas siempre mejor que esa mala gente.
y recomencé a luchar aquí,
a me defender y a me alimentar.
Como el oso hace, como el jabalí,
que para vivir tienen que matar.

Déjame en el monte, déjame en el risco,
déjame existir en mi libertad,
vete a tu convento, hermano Francisco,
sigue tu camino y tu santidad.
El santo de Asís no le dijo nada.
Le miró con una profunda mirada,
y partió con lágrimas y con desconsuelos,
y habló al Dios eterno con su corazón.
El viento del bosque llevó su oración,
que era: Padre nuestro, que estás en los cielos…

domingo, 10 de octubre de 2010

Alma gemela


El sueño es el mismo. Firme. Repetitivo. Ronda mis noches y mis días una y otra vez. Nuestros hijos, los tuyos y los míos, jugarán incontables rondas cercando nuestros cuerpos inertes y sonrientes, tirados sobre la verde grama bañada por el rocío matutino mientras el sol –casi con timidez- nos deja sentir sus primeros rayos.

Cierro los ojos y puedo sentirlo. Con los brazos extendidos rozo apenas la puntas de tus dedos. Las mariquitas, amorosas, acarician nuestra piel. Me conecto con la tierra, con la vida, con lo que somos, con nuestra esencia. Feliz porque soy y porque estoy… escucho las risas incontenibles de los pequeños y te sonrío.  Y estás allí. Puedo tocarte, puedo escucharte, puedo sentirte. La fe inquebrantable de que sería posible, lo hizo. Estamos en Toscana.

Recuerdo con nitidez la sonora carcajada que solté al ver tu mensaje en el muro de Facebook. Lo que internet ha unido, no lo separará el hombre. Tu agudo ingenio y enorme sentido del humor me ha calado el alma y la piel. Me ha sacado la sonrisa aún en medio de las más amargas lágrimas; me ha contagiado una y mil veces. Me ha hecho admirarte y quererte.

Más allá de la risa, sentí una enorme felicidad. El breve espacio  de tu desaparición me inquietó. Temí por vos, por los niños… ya ves, el corazón no me engañó. Pero ya estabas de regreso.  Enfrentando adversidades, subiendo montañas y atravesando llanos con pies cansados. Regresaste más grande de lo que ya eras. Y te admiré más por eso.

Porque ya te admiraba, lo sabés. Las incontables noches en que compartimos alegrías y tristezas me ayudaron a hacerlo. Y a quererte como ahora lo hago. Y a sentirte parte inherente de mi vida. Inteligente, sensible, siempre con la palabra justa en el momento preciso. ¿Qué más puedo pedir?

Lo decís y reímos, pero es cierto. Sos una suerte de alma gemela,  reproducción de mi propia vida en un espacio paralelo. Más aún: muchas veces has sido mi sostén, mi Pepe Grillo… esa vocecita interna que nunca está de más escuchar; mi confidente. Tu amistad me hace rica. Y tu fe, más valiosa que el oro, me ayuda a sacar fuerzas cuando creo que ya no puedo más.

Te quiero dos mundos por ser como sos. Tu plus consiste en haber estado allí para mí, todo este tiempo.

viernes, 1 de octubre de 2010

Dìa Perfecto



El día que me muera no habrá llantos ni lamentos; no vendrán extrañas plañideras a posarse junto a mi féretro ni lluvias ni calores aparecerán para empañar el momento.

El día que me muera será perfecto. El sol enviará sus hermosos rayos para entibiar a todos, mas, consciente del festejo, lo hará con moderación. Las flores adornarán las aceras vistiéndolas de mil colores, y esperarán pacientes mi paso por su lado, cuando vaya rumbo a mi morada final.

Comenzaré mi travesía un poco con ansia y otro poco con empeño. El cruce por las oscuras aguas será corto, con la ayuda de Caronte. Luego desembocaré en el grandioso mar, cuya brisa cubrirá mi cuerpo mientras mi lacia melena –bailarina y traviesa- se mueve al ritmo del viento.

Abriré los ojos cuanto pueda para extasiarme viendo el horizonte dibujado con crayolas azul celeste y tocaré, al fin, esa inmensidad que tantas veces vi mientras mis pies descalzos caminaban sobre la húmeda arena.

El día que me muera…. Ese día… renaceré. Con cierto desdén alejaré de mí al dolor que me aqueja y mi alma liberada podrá sonreír de nuevo. Miles de luciérnagas iluminarán mi camino evitando que tropiece en mi carrera hacia vos.

El día que me muera te veré… y estaré feliz.

A la memoria de mi padre, quien falleció el 1 de octrubre de 2004

viernes, 24 de septiembre de 2010

Juntos, al fin


Esto de dejarse crecer las uñas es trabajo aparte. Al que no estoy acostumbrada, por cierto. Así que no me extraña nada el haberme descubierto divagando mientras sostenía la lima, meciéndola de arriba abajo.

Te pensaba. Sí. De hecho, te añoraba. Sentí el deseo fiero de tomarte entre mis manos y sentir tu textura. Me pregunté con la curiosidad de una niña y la ansiedad de una amante, cómo sería el mundo sin tenerte. Y cómo habría sido mi vida sin tus ‘iguales’ (de alguna manera les tengo que llamar, ¿no?). Fue algo que ni siquiera me atreví a imaginar.

Arrastré mis pasos pasa asomarme en mi habitación, iluminada apenas por un atrevido rayo de luna que se coló por la ventana. Te vi reposando sobre mi cama. Listo para mí. Quieto. Deseoso de ofrecerme, como cada noche, la más rica de las experiencias que me llega como en un ritual sagrado en el que sólo nosotros dos cabemos.

Recordé cómo deseé tenerte… hace cosa de unos 20 años. ¡Wow! ¡Cómo pasa el tiempo!, me dije. La verdad es que desde entonces, un sinfín de situaciones –muchas de ellas, banales probablemente- se interpusieron en nuestro encuentro. Por eso, cuando te vi aquella tarde inesperada, sentí que finalmente ese era nuestro destino: estar juntos.

Pregunté por vos a un joven moreno. Obtuve la información básica. Más, no necesitaba. La búsqueda había finalizado. Te acaricié con la mirada igual que hago cada día y cada noche con las yemas de ambas manos. ¡Y cómo disfruto de ello!.

Así como me extasié con cada uno de los que han pasado por mi vida, me ofrecés tus palabras en medio del silencio, inyectándome una pasión, si bien antes vivida, única en mi momento. Nuestro momento, nuestro espacio, nuestro intercambio de ideas… porque sí, debo reconocer ruborizada que a veces me atrevo a interrumpir tu discurso para lanzar comentarios al viento o dejarte una frase al margen, que algún día espero reevaluar.

Me ayudás a madurar. Me incitás a crecer de a poco, cada día. Por eso te agradezco. Y por eso, querido libro*, espero no apartarte más de mi lado.

*El Proceso, de Franz Kafka

sábado, 18 de septiembre de 2010

AMOR CONDUSSE NOI AD UNA MORTE

 (Poema de Xavier Villaurrutia)
Amar es una angustia, una pregunta,
una suspensa y luminosa duda;
es un querer saber todo lo tuyo
y a la vez un temor de al fin saberlo.

Amar es reconstruir, cuando te alejas,
tus pasos, tus silencios, tus palabras,
y pretender seguir tu pensamiento
cuando a mi lado, al fin inmóvil, callas.

Amar es una cólera secreta,
una helada y diabólica soberbia.

Amar es no dormir cuando en mi lecho
sueñas entre mis brazos que te ciñen,
y odiar el sueño en que, bajo tu frente,
acaso en otros brazos te abandonas.

Amar es escuchar sobre tu pecho,
hasta colmar la oreja codiciosa,
el rumor de tu sangre y la marea
de tu respiración acompasada.

Amar es absorber tu joven savia
y juntar nuestras bocas en un cauce
hasta que de la brisa de tu aliento
se impregnen para siempre mis entrañas.

Amar es una envidia verde y muda,
una sutil y lúcida avaricia.

Amar es provocar el dulce instante
en que tu piel busca mi piel despierta;
saciar a un tiempo la avidez nocturna
y morir otra vez la misma muerte
provisional, desgarradora, oscura.

Amar es una sed, la de la llaga
que arde sin consumirse ni cerrarse,
y el hambre de una boca atormentada
que pide más y más y no se sacia.

Amar es una insólita lujuria
y una gula voraz, siempre desierta.

Pero amar es también cerrar los ojos,
dejar que el sueño invada nuestro cuerpo
como un río de olvido y de tinieblas,
y navegar sin rumbo, a la deriva:
porque amar es, al fin, una indolencia.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

El "sí" de la Vida

 Así quedó el vehículo en que viajábamos. (Foto tomada de END)

Soy muy débil para algunas cosas. Lo reconozco. A lo mejor por eso es que, aun cuando ya pasaron tres años exactos, todavía cierro los ojos y se me encoje el pecho al ver venir por mi costado, un bus o un vehículo a cierta velocidad. La verdad es esa: todavía ‘me duele’ viajar en carro.

En este caso específico, mi debilidad consiste en no reponerme del susto. Siempre espero el golpe, aunque no lo deseo, claro está. Pero ya perdí la cuenta de cuántas veces he revivido aquella terrible imagen de cuando un bus interurbano se nos vino encima, embistiendo por el costado izquierdo el carro en que viajábamos cinco personas –una de ellas, mi hijo de entonces un añito- y arrastrándonos sobre la carretera hasta que nuestra propia carrocería unida a la fricción de las llantas sobre el pavimento, lograran que la mole se detuviera.

La noche anterior tuvimos una cena familiar. Estuvimos, como solemos hacer, en nuestro restaurante favorito para celebrar el cumpleaños de mi hermana C. Como siempre, el momento estuvo plagado de carcajadas de principio a fin, bromas, chistes, recuerdos de los mil y un acontecimientos que pueden grabarse en nuestra memoria cuando provenimos de familias numerosas.

El día en cuestión, un 8 de septiembre de 1997, decidimos mi hermana V, mi hermano F, una amiga de la familia y yo, ir a una ciudad ubicada a unos 50 kilómetros de la nuestra. Nuestro fin era realizar gestiones propias de la próxima boda de mi sobrina, y de paso aprovechar que ese departamento tiene un perfil altamente turístico. Ambos hermanos, llegaron al país la noche del 6 de septiembre procedente de diferentes destinos, por lo que quisimos pasar juntos el mayor tiempo posible. De hecho, también llevé a mi niño de un año.

Por cosas de la vida –o mano Divina, no sé- esa vez decidí desatender las leyes de tránsito. Bajo obligación de utilizar el cinturón de seguridad y la prohibición de viajar con niños en el asiento delantero, decidí sentarme allí con mi peque.

Al atardecer, de regreso a casa, escuché la voz angustiada de mi hermana. La gravedad de su ronca voz llamándome constantemente me hizo girar el rostro, para ver una escena por demás desagradable: al ver que el bus se nos abalanzaba por el costado izquierdo, V cayó presa del pánico, se inmovilizó, no metió cambio adecuadamente por lo que el carro se quedó para esperar el empellón.

Sólo tuve tiempo de pedir en voz alta la intervención divina, cerrar los ojos, tomar a mi hijo con fuerza y cubrirlo todo lo pude con mi cuerpo. Por segundos que parecieron una eternidad escuché el chirrido de las llantas, el olor a caucho quemado inundó el ambiente y un dolor que no sabía localizar en mi cuerpo me dejó sin aliento.

Confusión. Dolor. Llanto del niño. Susto, miedo… Humo blanco tan espeso que no podía ver al niño que cargaba en mi regazo. De allí en adelante, era buscar la salida. La ayuda llegó como la sangre que acude a la herida: sin necesidad de llamarla.

Muchos detalles, un sinfín de recuerdos. La experiencia y el agradecimiento de gozar vida para contarla. Un renacimiento. Lo que pudo terminar en muerte fue un seguir de la vida. Somos sobrevivientes, literalmente. Todo, por la gracia del Señor.

domingo, 22 de agosto de 2010

Aquí y ahora



La pregunta que me hiciste hace un momento, no es nueva para mí. Me la he planteado a mí misma un sinfín de veces. En aquellas noches sin luna en que conciliar el sueño era mi principal reto. Y en las claras mañanas cuando el azul celeste del cielo me sonreía, al yo, paciente, cuidar de mi jardín. Y en esos momentos en que mi mente divaga, pese al exceso de trabajo, los vaivenes de la vida y el pesado tic-tac del reloj indicándome que el tiempo es oro.
¿Por qué vos? La respuesta no es tan sencilla como parece. En resumidas cuentas, te respondí que *tu forma de ser me envuelve, es algo que no sé explicar… me proyectás una vitalidad que me encanta, tu sentido del humor me cautiva; cuando estoy hablando con vos no quiero que pase el tiempo, porque me río, me siento relajada, me siento bien…”.

Pero todo va más allá, creo. En mi inconsciente yacen piezas de un rompecabezas que no logro descifrar. Tomo un poco de aquí y un poco de allá. Me quedo silente, observando de lejos. Presente pero como ausente. Y es que todo, querido, gira como una ruleta. Ahora es mi turno de leer, de ‘escuchar’, de abandonar las labores para escurrirme entre las letras y formar en mi mente un ambiente envuelto en una burbuja para no perderte de vista sin que te des cuenta.

Y no te creás que todo lo que he visto ha sido color rosa. Ya sé cómo te arrancás con tus ratos de mal humor, por ejemplo. O cómo, entre sonrisas sentás tu posición so pena de estar bajo la lupa si no se atiende. Pero eso es lo de menos. Me valen más los buenos momentos, las risas, las palabras de aliento precisas y acertadas, el compartirme tu forma de ver la vida.

El dios Chronos no existe para mí. No esta vez, pues no llevo un archivo cronológico desde que apareciste en mi vida una madrugada –para variar- de insomnio. Pero Kayrós, su hijo, se impuso. Las impresiones, las emociones, los pensamientos quedaron en mi mente y en mi piel, como grabados con cincel.

Esa energía vibrante que inundaba la estancia, esa sonrisa de oreja a oreja dibujada en mis labios, esa sensación que me llenaba el pecho cuando se acercaba la hora de nuestra cita hace un par de años- Me estabas domesticando, como diría El Principito.

Esa emoción, en vez de menguar con el paso de los días, ha crecido. Y el tiempo compartido cada vez se me hace más corto. Te extraño en tus ausencias y me gozo con tu presencia. “Soy como todos”, decís. Y es cierto, porque sos humano. Pero tus virtudes y tus defectos, esas particularidades  tan tuyas, marcan las diferencia. Y venís a convertirte en una especie de combo. Lo tomo o lo dejo.

Esta vez corrí el riesgo. Me dejé llevar por el instinto, por la corazonada, por el deseo de salirme del cuadro al menos una vez en la vida, Finalmente, en medio de tanta palabra, me percato de que no sé tus motivos. Y de pronto quisiera verte a los ojos para preguntarte ¿por qué yo? Por ahora no tengo la respuesta, pero básteme saber que en ese momento, fuiste mi aquí y mi ahora. ¡Y cómo lo disfruté!

Datos personales

Mi foto
Managua, Nicaragua
Como todos en este mundo, tengo virtudes y defectos. Pero creo que lo más importante para mí, es saber ser amiga, de las que se quitan la camisa para dársela al que la necesita. Fiel a más no poder, sincera, y muy reservada. Amo la buena ortografía y me cuido de tenerla; periodista de profesión y de corazón, madre por decisión. Pero, ¿quién mejor que mis amigos para describirme? Así que esa tarea se la dejo a ellos.