viernes, 24 de septiembre de 2010

Juntos, al fin


Esto de dejarse crecer las uñas es trabajo aparte. Al que no estoy acostumbrada, por cierto. Así que no me extraña nada el haberme descubierto divagando mientras sostenía la lima, meciéndola de arriba abajo.

Te pensaba. Sí. De hecho, te añoraba. Sentí el deseo fiero de tomarte entre mis manos y sentir tu textura. Me pregunté con la curiosidad de una niña y la ansiedad de una amante, cómo sería el mundo sin tenerte. Y cómo habría sido mi vida sin tus ‘iguales’ (de alguna manera les tengo que llamar, ¿no?). Fue algo que ni siquiera me atreví a imaginar.

Arrastré mis pasos pasa asomarme en mi habitación, iluminada apenas por un atrevido rayo de luna que se coló por la ventana. Te vi reposando sobre mi cama. Listo para mí. Quieto. Deseoso de ofrecerme, como cada noche, la más rica de las experiencias que me llega como en un ritual sagrado en el que sólo nosotros dos cabemos.

Recordé cómo deseé tenerte… hace cosa de unos 20 años. ¡Wow! ¡Cómo pasa el tiempo!, me dije. La verdad es que desde entonces, un sinfín de situaciones –muchas de ellas, banales probablemente- se interpusieron en nuestro encuentro. Por eso, cuando te vi aquella tarde inesperada, sentí que finalmente ese era nuestro destino: estar juntos.

Pregunté por vos a un joven moreno. Obtuve la información básica. Más, no necesitaba. La búsqueda había finalizado. Te acaricié con la mirada igual que hago cada día y cada noche con las yemas de ambas manos. ¡Y cómo disfruto de ello!.

Así como me extasié con cada uno de los que han pasado por mi vida, me ofrecés tus palabras en medio del silencio, inyectándome una pasión, si bien antes vivida, única en mi momento. Nuestro momento, nuestro espacio, nuestro intercambio de ideas… porque sí, debo reconocer ruborizada que a veces me atrevo a interrumpir tu discurso para lanzar comentarios al viento o dejarte una frase al margen, que algún día espero reevaluar.

Me ayudás a madurar. Me incitás a crecer de a poco, cada día. Por eso te agradezco. Y por eso, querido libro*, espero no apartarte más de mi lado.

*El Proceso, de Franz Kafka

sábado, 18 de septiembre de 2010

AMOR CONDUSSE NOI AD UNA MORTE

 (Poema de Xavier Villaurrutia)
Amar es una angustia, una pregunta,
una suspensa y luminosa duda;
es un querer saber todo lo tuyo
y a la vez un temor de al fin saberlo.

Amar es reconstruir, cuando te alejas,
tus pasos, tus silencios, tus palabras,
y pretender seguir tu pensamiento
cuando a mi lado, al fin inmóvil, callas.

Amar es una cólera secreta,
una helada y diabólica soberbia.

Amar es no dormir cuando en mi lecho
sueñas entre mis brazos que te ciñen,
y odiar el sueño en que, bajo tu frente,
acaso en otros brazos te abandonas.

Amar es escuchar sobre tu pecho,
hasta colmar la oreja codiciosa,
el rumor de tu sangre y la marea
de tu respiración acompasada.

Amar es absorber tu joven savia
y juntar nuestras bocas en un cauce
hasta que de la brisa de tu aliento
se impregnen para siempre mis entrañas.

Amar es una envidia verde y muda,
una sutil y lúcida avaricia.

Amar es provocar el dulce instante
en que tu piel busca mi piel despierta;
saciar a un tiempo la avidez nocturna
y morir otra vez la misma muerte
provisional, desgarradora, oscura.

Amar es una sed, la de la llaga
que arde sin consumirse ni cerrarse,
y el hambre de una boca atormentada
que pide más y más y no se sacia.

Amar es una insólita lujuria
y una gula voraz, siempre desierta.

Pero amar es también cerrar los ojos,
dejar que el sueño invada nuestro cuerpo
como un río de olvido y de tinieblas,
y navegar sin rumbo, a la deriva:
porque amar es, al fin, una indolencia.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

El "sí" de la Vida

 Así quedó el vehículo en que viajábamos. (Foto tomada de END)

Soy muy débil para algunas cosas. Lo reconozco. A lo mejor por eso es que, aun cuando ya pasaron tres años exactos, todavía cierro los ojos y se me encoje el pecho al ver venir por mi costado, un bus o un vehículo a cierta velocidad. La verdad es esa: todavía ‘me duele’ viajar en carro.

En este caso específico, mi debilidad consiste en no reponerme del susto. Siempre espero el golpe, aunque no lo deseo, claro está. Pero ya perdí la cuenta de cuántas veces he revivido aquella terrible imagen de cuando un bus interurbano se nos vino encima, embistiendo por el costado izquierdo el carro en que viajábamos cinco personas –una de ellas, mi hijo de entonces un añito- y arrastrándonos sobre la carretera hasta que nuestra propia carrocería unida a la fricción de las llantas sobre el pavimento, lograran que la mole se detuviera.

La noche anterior tuvimos una cena familiar. Estuvimos, como solemos hacer, en nuestro restaurante favorito para celebrar el cumpleaños de mi hermana C. Como siempre, el momento estuvo plagado de carcajadas de principio a fin, bromas, chistes, recuerdos de los mil y un acontecimientos que pueden grabarse en nuestra memoria cuando provenimos de familias numerosas.

El día en cuestión, un 8 de septiembre de 1997, decidimos mi hermana V, mi hermano F, una amiga de la familia y yo, ir a una ciudad ubicada a unos 50 kilómetros de la nuestra. Nuestro fin era realizar gestiones propias de la próxima boda de mi sobrina, y de paso aprovechar que ese departamento tiene un perfil altamente turístico. Ambos hermanos, llegaron al país la noche del 6 de septiembre procedente de diferentes destinos, por lo que quisimos pasar juntos el mayor tiempo posible. De hecho, también llevé a mi niño de un año.

Por cosas de la vida –o mano Divina, no sé- esa vez decidí desatender las leyes de tránsito. Bajo obligación de utilizar el cinturón de seguridad y la prohibición de viajar con niños en el asiento delantero, decidí sentarme allí con mi peque.

Al atardecer, de regreso a casa, escuché la voz angustiada de mi hermana. La gravedad de su ronca voz llamándome constantemente me hizo girar el rostro, para ver una escena por demás desagradable: al ver que el bus se nos abalanzaba por el costado izquierdo, V cayó presa del pánico, se inmovilizó, no metió cambio adecuadamente por lo que el carro se quedó para esperar el empellón.

Sólo tuve tiempo de pedir en voz alta la intervención divina, cerrar los ojos, tomar a mi hijo con fuerza y cubrirlo todo lo pude con mi cuerpo. Por segundos que parecieron una eternidad escuché el chirrido de las llantas, el olor a caucho quemado inundó el ambiente y un dolor que no sabía localizar en mi cuerpo me dejó sin aliento.

Confusión. Dolor. Llanto del niño. Susto, miedo… Humo blanco tan espeso que no podía ver al niño que cargaba en mi regazo. De allí en adelante, era buscar la salida. La ayuda llegó como la sangre que acude a la herida: sin necesidad de llamarla.

Muchos detalles, un sinfín de recuerdos. La experiencia y el agradecimiento de gozar vida para contarla. Un renacimiento. Lo que pudo terminar en muerte fue un seguir de la vida. Somos sobrevivientes, literalmente. Todo, por la gracia del Señor.

Datos personales

Mi foto
Managua, Nicaragua
Como todos en este mundo, tengo virtudes y defectos. Pero creo que lo más importante para mí, es saber ser amiga, de las que se quitan la camisa para dársela al que la necesita. Fiel a más no poder, sincera, y muy reservada. Amo la buena ortografía y me cuido de tenerla; periodista de profesión y de corazón, madre por decisión. Pero, ¿quién mejor que mis amigos para describirme? Así que esa tarea se la dejo a ellos.