Esto de dejarse crecer las uñas es trabajo aparte. Al que no estoy acostumbrada, por cierto. Así que no me extraña nada el haberme descubierto divagando mientras sostenía la lima, meciéndola de arriba abajo.
Te pensaba. Sí. De hecho, te añoraba. Sentí el deseo fiero de tomarte entre mis manos y sentir tu textura. Me pregunté con la curiosidad de una niña y la ansiedad de una amante, cómo sería el mundo sin tenerte. Y cómo habría sido mi vida sin tus ‘iguales’ (de alguna manera les tengo que llamar, ¿no?). Fue algo que ni siquiera me atreví a imaginar.
Arrastré mis pasos pasa asomarme en mi habitación, iluminada apenas por un atrevido rayo de luna que se coló por la ventana. Te vi reposando sobre mi cama. Listo para mí. Quieto. Deseoso de ofrecerme, como cada noche, la más rica de las experiencias que me llega como en un ritual sagrado en el que sólo nosotros dos cabemos.
Recordé cómo deseé tenerte… hace cosa de unos 20 años. ¡Wow! ¡Cómo pasa el tiempo!, me dije. La verdad es que desde entonces, un sinfín de situaciones –muchas de ellas, banales probablemente- se interpusieron en nuestro encuentro. Por eso, cuando te vi aquella tarde inesperada, sentí que finalmente ese era nuestro destino: estar juntos.
Pregunté por vos a un joven moreno. Obtuve la información básica. Más, no necesitaba. La búsqueda había finalizado. Te acaricié con la mirada igual que hago cada día y cada noche con las yemas de ambas manos. ¡Y cómo disfruto de ello!.
Así como me extasié con cada uno de los que han pasado por mi vida, me ofrecés tus palabras en medio del silencio, inyectándome una pasión, si bien antes vivida, única en mi momento. Nuestro momento, nuestro espacio, nuestro intercambio de ideas… porque sí, debo reconocer ruborizada que a veces me atrevo a interrumpir tu discurso para lanzar comentarios al viento o dejarte una frase al margen, que algún día espero reevaluar.
Me ayudás a madurar. Me incitás a crecer de a poco, cada día. Por eso te agradezco. Y por eso, querido libro*, espero no apartarte más de mi lado.
*El Proceso, de Franz Kafka


