
Lo recuerdo como si fue ayer. Yo, muy a mis 4 años, recibí con alegría el regalito que me trajo mi tía luego de pasar varios meses en Inglaterra -donde fue a estudiar inglés- y hacer un breve recorrido por Europa: un vestido manga larga, de botones al frente, rojo con ojitos blancos. Y un 'bulto' (una suerte de bolso con tapadera y dos fajitas de cuero al frente) escolar a cuadros, con fondo verde.
Todo habría transcurrido dentro de la normalidad si no hubiera sido por un hecho que llamó la atención de los adultos: yo comenté que mi vestido era inglaterrano. Y comenzó la función, señores.... es decir, nadie de mi familia que tuviera la capacidad de comprender mi error, desperdiciaba la oportunidad para preguntarme "¿De dónde es tu vestido, chiquita?", a fin de recibir la consabida respuesta.
Me imagino que usted, estimado lector, al menos una vez en su vida pasó por lo mismo. Ésta es una práctica que he visto repetirse no sólo en mi familia, sino en la de amigos y desconocidos que en lugares públicos hacen lo mismo a sus niños.
Ahora, yo me pregunto, ¿qué impulsa a los adultos a hacer esto?, ¿qué los mueve a mofarse 'inocentemente' de un chiquillo en vez de enseñarle lo correcto?, ¿qué pasa por sus cabezas? Por favor, que alguien me explique.
Es increíble cómo, con nuestros hechos, palabras y actitudes podemos ayudar a fortalecer o desbaratar la autoestima de un menor, su seguiridad en sí mismo, su carácter, su intelecto.
En mi caso, hechos como éste influyeron para que yo fuera una pequeña muy tímida más allá de lo común, temerosa de 'meter la pata' y de que los demás se mofaran de mí.
Por eso, de adulta, trato de ser cuidadosa. Y no es que debamos andar 'con pies de plumas' (con mucho cuidado) como decimos aquí, sino simplemente es que debemos poner a trabajar el poco sentido común que haya en nuestro ser. ¿No creen?

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