
"Nitos: no debés estar triste porque mi papa ya no está. Sinceramente creo que debés estar alegre porque vos, más que ningún otro hijo, lo disfrutó..." (Frase expresada por mi hermano).
A medida que la marcha de los minutos me acercaba más a este día, mi fuero interno libraba con más ahínco la batalla contra la tristeza. Hoy mi padre estaría de cumpleaños y aunque es irremediable sentir con fuerza su ausencia, prefiero recordar algunos de los grandes regalos que me brindó durante su estadía en esta tierra.
El primero y uno de los más importantes, fue cuando me enseñó a leer. Yo tenía tres años. Y desde entonces llevo grabada en mi memoria la escena: él a mi lado, yo con el libro Coquito, cuya portada era celeste y tenía la imagen de un niño con gorra.
A continuación, otros momentos, que sin ir en orden cronológico ni de importancia, se agolpan en mi mente. Así, recuerdo cuando...
Me daba dos córdobas cada mañana. Gran capital para una niña de cuatro años.
Compraba pan de queso al señor que se estacionaba en su jeep frente a la casa, pues era el que me gustaba.
Me cedía su huevo del desayuno, porque a mí no me gustaba cómo habían preparado el mío.
Me cargaba en sus brazos para que yo pudiera tocar el cielo raso y decirle "mire papi, soy más alta que usted".
Me hacía cosquillas con su barba y bigote.
LLegaba a ver si yo tenía fiebre, cuando estaba enferma.
Golpeaba la puerta de mi cuarto, cada mañana, avisando que era hora de levantarse para ir al colegio.
Apagaba la tele para prestarme atención cuando yo quería contarle algo.
Se le quebró la voz, debido a la emoción, cuando oficiaba mi boda civil.
Le conté que estaba embarazada y su primera reacción fue decirme "tenés que cuidarte mucho, alimentarte bien, dormir bastante...."
Cargó en sus brazos por primera vez, a mi hijo Ricardo.
Reía a carcajadas.
Nos contaba anécdotas de su niñez, a mis hermanos y a mí, mientras lo rodeábamos en su cama.
Me regaló mis primeros libros: El Diario de Ana Frank y El Principito.
Llegó a visitarme mientras yo cumplía mi período de entrenamiento militar, cuando me uní al Ejército. (Tuvo que subirse a incómodos camiones militares, a lo cual no estaba nada acostumbrado).
Lo encontraba jugando pelota con mi hijo, al yo regresar del trabajo.
Me enseñó a llenar Crucigramas. Práctica que aún conservo.
Me consoló y aconsejó por mi primera decepción amorosa.
Me visitaba por las mañanas, los fines de semana y me llevaba mi queso preferido.
Me dijo que se sentía bien, una tarde antes de su muerte....
Por esto y mucho, mucho más, no puedo menos que agradecer haberle tenido en mi vida, sentirme bendecida y sumamente amada.
(Y sí hermano, tuviste razón al decirme que no debo sentirme triste porque mi papi partió, sino feliz por todo el tiempo que compartí con él).
Allí donde está papi: desde el fondo de mi corazón, ¡gracias!

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