viernes, 28 de agosto de 2009

Mujer de la Tierra


No era la primera vez que las veía, pero sentí como si lo fuera. Ahí estaban imponentes, reposadas, dejando que el sol acariciara su silueta armoniosamente perfecta, simulando los hermosos pechos de una doncella embarazada.

Sí, realmente eso parecían. Esas dos montañas que se erigían de manera uniforme y captaron mi atención, estaban acompañadas de muchas otras, pero de una particularmente, cuya falda no bajaba hasta el seno de la Madre Tierra, sino que empalmaba con los pechos, emulando el vientre abultado y terso de una joven muchacha.

Y de pronto tomé conciencia: el color achocolatado de la tierra se parece al color moreno de la mujer nicaragüense, aunque ciertamente más oscuro… como el de la piel renegrida por el sol de tantas y tantas que trabajan arduamente como si no sintieran la inclemencia de los rayos solares. Pero es que son hembras bravas, fuertes, aguerridas. Enseñadas por una sociedad matriarcal y nacidas en medio de constantes luchas.

De pronto un torbellino de emociones inundó lo más profundo de mi alma. Y fue como si una gama de colores se tomaran de la mano con las diversas formas del paisaje para practicar una especie de danza de alabanzas al Señor.

El límpido azul del cielo se abría paso, casi a codazos, entre nubes grises propias de nuestra temporada de invierno y dejaba pasar una tenue luz que caía delicada sobre el verde pasto que cubría los cerros.

Los árboles con sus troncos y ramas aplicaban líneas tan diversas, tan firmes y dúctiles, tan torcidas y agraciadas, tan cercanas y distantes a la vez, que más que un paisaje real y tangible parecían una bella visión.

Ahí iba yo, rumbo a la ciudad de Matagalpa por asuntos de trabajo, teniendo la dicha de poder observar desde la ventanilla del vehículo en que viajaba. Respirando cálida y pausadamente. Apreciando el hecho de ser ‘parte de’. Tomando nota mental de la naturaleza circundante. Sintiéndome altamente bendecida por estar viva. Y sobre todo, agradecida por los toques maravillosos que la mano de un Padre Todopoderoso le dio a este mi hogar llamado Tierra.

Rebosante de amor hacia la naturaleza, me prometí hacer más de lo que hasta ese momento había hecho por cuidarla. No es suficiente no botar basura. No es suficiente no utilizar suavizante de ropa. No es suficiente marcar los desechos en ‘reciclable’ y ‘no reciclable’. También debo compartirlo con el mundo, alzar mi voz y repetirlo sin cansarme: somos responsables de entregar a nuestros hijos un mundo mejor del que recibimos. Cuidémoslo.

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Como todos en este mundo, tengo virtudes y defectos. Pero creo que lo más importante para mí, es saber ser amiga, de las que se quitan la camisa para dársela al que la necesita. Fiel a más no poder, sincera, y muy reservada. Amo la buena ortografía y me cuido de tenerla; periodista de profesión y de corazón, madre por decisión. Pero, ¿quién mejor que mis amigos para describirme? Así que esa tarea se la dejo a ellos.