viernes, 25 de septiembre de 2009

Aaaaaatención: ¡Firmes!


La mañana de hoy tuve que ir al Hospital Militar, a cuya clínica previsional me encuentro afiliada por medio del seguro social a que tenemos derecho los trabajadores asalariados.
Y no pude menos que sonreír por lo bajo cuando vi a un desgarbado soldado raso que, destinado a cuidar el estacionamiento, repentinamente adoptó la clásica posición militar de firme, con la mano derecha muy recta, tocando su frente. Mis ojos buscaron la fuente de su rigidez y se toparon a un doctor con cierto rango, que más por costumbre que por otra cosa, espetó en voz baja un ‘descanse’.
No detuve mi paso, y al pasar junto al muchacho en cuestión, preferí bajar la cabeza tratando de ocultar mi amplia sonrisa. No fuera a creer que me estaba burlando, porque en realidad no era así.
Mi sonrisa se debía a que en el preciso momento en que lo vi ponerse en posición de firme, mi mente se remontó a mis 18 años, cuando –por motivos que no vienen al caso ahora- me enlisté en el Servicio Militar Patriótico para mujeres.
La primera etapa estaba destinada, como debe ser, a la preparación militar. Por lo que más de cien mujeres fuimos trasladadas a un Centro de Entrenamiento Militar (CEM), ubicado al norte de la capital.
Me nombraron jefe de escuadra, por lo que tenía bajo mi mando a un pequeño grupo de mujeres. Incluso, a la hora de hacer guardia y recibir asignaciones, se me incluía en el grupo de ‘jefes’. No obstante, yo seguía siendo una más del montón, así que debía saludar militarmente a cuanto instructor me topara en el camino, que ostentara grado de subteniente o más.
Pero siempre me las ingenié para evitarlo. O bueno, casi siempre. La masiva asistencia a clase en los polígonos y espacios abiertos, de repente incidían para que la cortesía militar fuera menos rígida (si es que uno lograba escabullirse entre el grupo). Sin embargo, al director del CEM había que saludarlo sí o sí.
Por eso yo, en vez de seguir el camino que pasaba frente a su oficina, para ir a nuestras covachas (dormitorios), caminaba dos o tres veces más, para bordear el pequeño edificio y así asegurarme de no topármelo.
La suerte me asistió en el 99% de los casos. Una tarde, calculando que el gran jefe no estaría por su oficina, decidí seguir el camino. De pronto lo vi desembocar y girar para devolverme sería demasiado obvio, así que me vi obligada a continuar mi camino mientras me repetía mentalmente “tenés que saludarlo, tenés que saludarlo, tenés que saludarlo….”. Y lo saludé.
Disminuí el ritmo de mis pasos, y aunque no me detuve, debí taconear mientras chocaba los talones y me llevaba la mano a la frente. El director me devolvió el saludo y me mandó a descansar, por lo que aproveché para incrementar nuevamente el ritmo de mis pasos.
Me sentí tan ridícula, que nunca más me dejé ‘pescar’ nuevamente. Eso, al menos estuve en el CEM, ya en la unidad de artillería antiaérea de mujeres a la cual pertenecía, fue otra cosa. Y esa, señores, es otra historia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Datos personales

Mi foto
Managua, Nicaragua
Como todos en este mundo, tengo virtudes y defectos. Pero creo que lo más importante para mí, es saber ser amiga, de las que se quitan la camisa para dársela al que la necesita. Fiel a más no poder, sincera, y muy reservada. Amo la buena ortografía y me cuido de tenerla; periodista de profesión y de corazón, madre por decisión. Pero, ¿quién mejor que mis amigos para describirme? Así que esa tarea se la dejo a ellos.